Cerrar la puerta a las ideas de Miguel Uribe es concederle la victoria a los violentos

Cerrar la puerta a las ideas de Miguel Uribe es concederle la victoria a los violentos

El asesinato de Miguel Uribe no es un hecho aislado ni una tragedia personal únicamente; es un golpe demoledor para el uribismo. Dirigentes y militantes del Centro Democrático reconocen que la muerte violenta de Miguel, sumada al encarcelamiento de Álvaro Uribe, puede significar, en el corto plazo, el final de esta corriente ideológica tal y como se ha conocido. No se trata de una exageración, sino de un diagnóstico descarnado sobre la magnitud del momento.

Miguel no era un precandidato más. Era, según las encuestas y el pulso ciudadano, el aspirante con mayor intención de voto dentro del partido. Había logrado lo que pocos consiguen en un clima político tan polarizado: atraer no solo a militantes disciplinados del Centro Democrático, sino también a uribistas independientes, a ciudadanos de otras colectividades y a una amplia franja de jóvenes que se acercaban por primera vez a las urnas. Con su discurso, sus propuestas y su visión de país, estaba ampliando la base electoral del partido de manera inédita. Estaba construyendo un puente entre generaciones, entre corrientes y entre sensibilidades ideológicas.

Por elemental cortesía política, por decoro y por mínima decencia, el partido no debería cerrar a cal y canto la posibilidad de que el ideario de Miguel continúe en el proceso de selección del candidato presidencial. Miguel no renunció ni se retiró: a él lo asesinaron. Y la aniquilación de un líder político es también un ataque a las ideas que encarnaba. Impedir que aquellas sigan compitiendo dentro del partido sería, en la práctica, concederle a la violencia política lo que buscaba: silenciarlo.

Así lo expresó el doctor Luis Carlos Restrepo en un mensaje dirigido al expresidente Uribe:
«Estimado presidente: es de mínima justicia que los familiares de Miguel Uribe y quienes acompañaban su precandidatura puedan nombrar a una persona que tome sus banderas. Decir que con su muerte quedan cerradas las opciones, que fuera de los precandidatos ya existentes ‘no puede entrar nadie’, es hacerle el juego a la violencia política que buscaba silenciarlo. Esa posición no es solo indecorosa sino macabra. Miguel no era solo una persona, también un ideario y un equipo. Incluso después del atentado creció su capital político, lo que lo convierte en una voz colectiva que no puede ser silenciada por simple mecánica partidaria».

Uribe Turbay fue sacado de la contienda a balazos; fue víctima de la violencia desatada por el régimen. Vedar que alguien represente sus ideas en la campaña interna del Centro Democrático enviaría un mensaje equivocado a sus seguidores y al país: sería como concederle el triunfo a los extremistas, como decirles que lograron su cometido de silenciar y borrar a Miguel, no solo como persona, sino también como referente político.

En política, los valores absolutos no existen. Las circunstancias cambian, y el asesinato de Miguel cambió radicalmente todo el proceso. No se trata de simplificarlo como se pretende al afirmar que “antes éramos cinco y ahora somos cuatro”, y seguir adelante como si aquí no hubiera ocurrido una tragedia que golpea el corazón mismo del partido. Saltan a la memoria la cruda sentencia de Martin Luther King: «Al final, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos». Actuar como si nada hubiera pasado sería exactamente eso: no hacer nada.

Negar la continuidad del ideario de Miguel Uribe sería un error político y moral. Sería, además, un mensaje devastador para las bases: que la violencia manda, que la muerte política puede ser decretada a balazos y que el partido, en lugar de rebelarse contra esa lógica, la acepta como norma. En momentos de crisis, la grandeza de un movimiento se mide por su capacidad de honrar a quienes lo han fortalecido. Miguel no era un adorno electoral: era un motor en marcha. Y ese motor no puede ser apagado con el pretexto de preservar una “mecánica partidaria” que, si se impone, no solo traicionará su memoria, sino que lastimará a un muy importante sector del uribismo. 

El Centro Democrático está ante una disyuntiva: encerrarse en sus procedimientos internos, esgrimiendo actas del pasado sin validez alguna, o dar la batalla política y moral contra quienes buscan borrarlo del mapa. La respuesta definirá si este asesinato se convierte en el acta de defunción de un proyecto político o en el detonante de su renovación.

@IrreverentesCol

Publicado: agosto 15 de 2025