Colombia se estremece ante una pérdida irreparable. Miguel Uribe Turbay ha muerto, y con él se apaga una voz valiente, joven y profundamente comprometida con la defensa de la democracia. Su ausencia deja un vacío inmenso, no solo en el corazón de su familia y de quienes lo admiraban, sino en el alma de una nación que vio en él una esperanza de renovación, decencia y coraje. Ha caído un colombiano ejemplar, asesinado por la violencia política que tanto denunció. Hoy, el país entero debería inclinar reverentemente la cabeza en señal de duelo, pero también alzar la voz exigiendo responsabilidades políticas.
La bala que segó su vida fue forjada en el discurso inflamado de Gustavo Petro. El presidente de Colombia carga con la responsabilidad moral de esta tragedia, y deberá convivir con este peso por el resto de su existencia.
El daño causado por esta muerte no se repara con manifestaciones de rutina ni con las frases de cajón que repiten los gobiernos cada vez que ocurre un magnicidio. No hace falta oír que «se llegará hasta el fondo del asunto», que «los responsables serán llevados ante los tribunales de justicia», ni mucho menos promesas de que esta vez no habrá impunidad.
Colombia ya ha oído todo eso antes, y sabe que nada garantiza la justicia. Lo supo con Álvaro Gómez Hurtado, cuyo magnicidio sigue impune casi tres décadas después, envuelto en verdades a medias e insoportables pactos de silencio. Los determinadores de ese crimen están muriendo de viejos, como es el caso de Horacio Serpa.
Colombia ha aprendido, a fuerza de golpes, que los crímenes más atroces suelen terminar archivados y los culpables, premiados.
No bastan las condolencias ni los homenajes simbólicos. Esta vez, lo colombianos deben reaccionar exigiendo justicia real, con nombres propios, con consecuencias políticas, así una de ellas consista en la salida anticipada de Petro de la Casa de Nariño.
No se puede permitir que la muerte de Miguel Uribe Turbay se convierta en otra fecha olvidada en el calendario de la infamia. Si el Estado no actúa, si la sociedad calla, si los medios encubren, entonces estaremos ante un doble crimen: el asesinato, y luego el silencio.
Lo ocurrido no es un punto final; es una advertencia. El de Miguel Uribe fue el primer asesinato político de este régimen oprobioso, pero no será el último si no se detiene a tiempo esta maquinaria de odio que Petro ha puesto en marcha. Colombia está ante una encrucijada moral: o actúa ya, o se resigna a contar nuevos muertos. Que el homicidio que nos tiene el alma destrozada no sea la antesala de una tragedia mayor. Que los restos mortales del joven cuya vida fue apagada por la intolerancia de la extrema izquierda, sea el grito que despierte al país entero antes de que sea demasiado tarde.
Miguel ya reposa en la paz de los justos, donde no hay odio ni sombras, solo la claridad de Dios. A nosotros nos queda esta tierra herida y el deber irrenunciable de impedir que haya nuevos crímenes.
Publicado: agosto 11 de 2025
