Que la oposición no caiga en la trampa

Que la oposición no caiga en la trampa

En la política —y más aún en tiempos como los que se viven en la Colombia de hoy— hay algo tan importante como tener la razón: saber cuándo y cómo ejercerla. El gobierno de Gustavo Petro, caracterizado por su estilo pendenciero y sus salidas de tono, ha aprendido con maestría el arte de provocar. Provocar para agitar. Provocar para confundir. Provocar para dividir. Y, sobre todo, provocar para distraer. Cada semana, su administración lanza una nueva cortina de humo: una amenaza contra la prensa, una acusación infundada de golpe de Estado, una salida extravagante, o una propuesta jurídica estrambótica como la del llamado «pánico electoral».

En muchas ocasiones, la oposición cae en la trampa. Agarra la carnada, se indigna, sale a contestar, gasta energías atacando fantasmas y proyectos que nunca se materializarán. De esa manera, el gobierno impone la agenda, pone a sus adversarios a la defensiva y los distrae del verdadero objetivo: organizarse para derrotar democráticamente al petrismo en las elecciones del año entrante.

El más reciente episodio tiene nombre y apellido: Alfredo Saade. Este payaso y farsante que se presenta como pastor cristiano, ahora convertido en oráculo del petrismo, ha salido a proponer una ley que castigue penalmente el «pánico electoral». El dislate es evidente. En ningún país serio del mundo se legisla sobre emociones colectivas. El término, vago y manipulable, no tiene cabida en el derecho penal moderno. Pero no se trata de una propuesta seria. Es una bomba de humo, un anzuelo.

Saade, al decir popular barranquillero, es un «hablador de mondá». 

Lo mismo ocurre con las amenazas, explícitas o solapadas, de censurar a los medios de comunicación «mentirosos», «golpistas» o «enemigos del cambio». Petro y su círculo saben perfectamente que no cuentan con la legitimidad ni con las mayorías parlamentarias para imponer una ley mordaza asquerosamente inconstitucional. A los vocingleros del gobierno no les interesa tanto la viabilidad jurídica como el efecto político: poner a la prensa en el banquillo, victimizarse, desviar la atención y forzar a la oposición a debatir sobre algo que jamás sucederá, como la aprobación de una norma jurídica que silencie a los medios de comunicación. 

Frente a este panorama, urge una postura seria, estratégica y madura. La oposición no puede continuar corriendo detrás de cada provocación. Debe cambiar el foco: de la reacción a la acción. De la indignación al proyecto. De la respuesta automática a la planificación electoral.

¿Que Saade quiere promover una ley absurda? Que lo intente. ¿Que el gobierno sugiere que controlará a los medios? Que trate de hacerlo. Que lo proponga. Que se exponga. Pero que la oposición no consuma su energía persiguiendo cada globo inflado que lanzan desde la Casa de Nariño. Que los dejen hablando solos si es preciso. Porque cada segundo que la oposición dedica a defenderse de una farsa, es un segundo menos que dedica a construir una alternativa real de poder.

Si Petro no ha podido sacar ninguna de sus reformas, mucho menos logrará materializar alguna de las estupideces con las que intenta amedrentar al país. Basta ya de tanta amenaza. Que muestre de una vez por todas cuál es su fuerza política. Que se atreva a medir a su bancada parlamentaria, pero sobre todo que la someta al merecido desgaste que implica una reforma penal para encarcelar opositores, y una ley que habilite la censura de prensa. 

Hoy, la principal tarea de la oposición no es ganar debates en redes sociales. Ni escribir comunicados incendiarios ante cada infamia o entrar en la lógica emocional y revanchista que el propio gobierno promueve. La principal tarea de la oposición —la única que verdaderamente importa— es seleccionar, cuanto antes, a un candidato fuerte, coherente, competitivo y convocante, que sea capaz de ganar las elecciones presidenciales. Un candidato que no surja del ego, sino del consenso. Que no se imponga por cálculo, sino por confianza. Que no divida, sino que sume.

La experiencia histórica enseña que los regímenes populistas, incluso cuando fracasan en lo económico y lo institucional, logran mantenerse gracias a la dispersión de sus adversarios. Petro no es invencible, pero sí es astuto. Sabe que no puede ofrecer resultados, pero sí puede generar escándalos y estimular polémicas apareciendo drogado en la televisión, o presentándose como una piltrafa en el desfile del 20 de julio. No puede mostrar logros, pero sí puede fabricar enemigos. No puede mantener cohesionado a su gobierno, pero sí puede dividir a la oposición. Y para eso, necesita que sus adversarios sigan cayendo en cada provocación.

No se trata de guardar silencio frente a los abusos, sino de elegir las batallas. No se trata de callar ante los ataques, sino de priorizar los frentes. El país ya está saturado de ruido. Lo que necesita es claridad. Rumbo. Oposición con visión, no con furia. Oposición con estrategia, no con impulsos.

El régimen petrista está agotado, pero aún puede hacer mucho daño si sus adversarios se comportan como tontos útiles. Cada vez que un líder opositor responde con virulencia a los exabruptos del gobierno, Petro sonríe. Cada vez que se olvida el proyecto de país para enredarse en la pelea menuda, Petro gana tiempo y agradece. 

Hay momentos en que la mayor forma de inteligencia política es la indiferencia estratégica. Dejar que el adversario grite solo. Dejar que sus propuestas ridículas se caigan por su propio peso. Dejar que su violencia verbal lo aísle. Y, mientras tanto, trabajar. Organizarse. Unirse. Preparar la victoria.

Porque el verdadero «pánico electoral» no lo siente el ciudadano de a pie. Lo siente el régimen cuando percibe que la oposición, en vez de gritar, está aprendiendo a ganar.

@IrreverentesCol

Publicado: julio 23 de 2025