El divertido espectáculo del ‘Pacto Histórico’

El divertido espectáculo del ‘Pacto Histórico’

En Colombia, pocas cosas son tan reconfortantes como ver a los autoproclamados arquitectos del «cambio» peleándose como hienas hambrientas por un trozo de carroña burocrática. El Pacto Histórico, esa suma caótica de radicales reciclados, burócratas de izquierda, influencers vociferantes y nostálgicos de la Unión Soviética, atraviesa una fase de autodestrucción que resulta tan predecible como divertida. No ha empezado la campaña presidencial y ya se están destripando.

Esas personas no saben debatir. Son incapaces de sostener un intercambio de ideas por una razón potísima: no las tienen. Lo único que manejan con admirable soltura es el insulto, la calumnia, el improperio. En el mundo del Pacto Histórico, la discrepancia no se discute, se lincha. 

Entre los episodios recientes, el sainete entre Gustavo Bolívar y los influenciadores de su propio corral es uno de los más grotescos y sabrosos. 

Los que hasta hace poco se decían «hermanos de causa» hoy se lanzan insultos y acusaciones dignas de un tribunal de plaza pública. Los influencers petristas, esos aprendices de agitadores digitales que cobraban amor eterno al proyecto de Gustavo Petro, han pasado al ataque frontal contra Gustavo Bolívar, el otrora poeta del populismo, guionista de narconovelas y precandidato improbable a la presidencia de Colombia. Lo acusan de desleal, de traidor, de tibio, de acomodado. No falta mucho para que lo señalen, como en la era estalinista, de ser un infiltrado fascista. Bolívar, en respuesta, ha dicho que esa banda de matones digitales procede como una estructura mercenaria que se ha puesto al servicio de alguno de sus contrincantes dentro de la izquierda, en referencia evidente al corrupto Daniel Quintero Calle, alias pinturita

El cruce de insultos ha dado pie a una placentera comedia. No hay espectáculo más delicioso que ver a los socialistas despedazándose entre ellos por cuotas, micrófonos, contratos o migajas de poder. Se vendieron como una coalición de principios, pero hoy no tienen ni uno. Han mostrado, eso sí, que tienen hambre y sed, pero no de justicia, sino de presupuesto.

Bolívar, que alguna vez se creyó el Robespierre tropical, se ha topado con una jauría que ya no lo reconoce como referente, sino como estorbo. Y es que para estos fanáticos no basta con haber servido al régimen: hay que arrodillarse todos los días, rendir culto a la revolución en Twitter, y sobre todo, odiar sin descanso a Álvaro Uribe. El que se distraiga un instante, pasa de prócer a traidor. Así funciona la tropicalísima izquierda colombiana. 

Decía Napoleón: «No es prudente advertirle al enemigo que camina hacia el abismo». Lo que se está presenciando en el Pacto Histórico no es otra cosa que una marcha acelerada hacia la autodestrucción, con sus propias filas empujándose entre ellas hacia el precipicio. No hay que interrumpirlos. Es menester permitirles que continúen su camino hacia el foso, que es el único destino lógico de un proyecto construido sobre el odio, la mentira y el resentimiento. 

La de Bolívar y los sicarios digitales, aunque es una pelea menor, revela el corazón podrido de un proyecto que nunca fue programa de gobierno, sino acomodo de intereses. Desde el principio, el Pacto Histórico fue un Frankenstein político, armado con piezas incompatibles: exterroristas con falsos pastores de sectas de garaje, activistas de derechos humanos con matones de sindicato, influencers sin formación con abogados del cartel de la toga. Lo único que los unía era el odio. Una vez en el poder, ese odio se volvió hacia adentro.

Gustavo Bolívar fue uno de los más fervorosos defensores de Petro. Lo acompañó en las buenas, en las malas, y en las peores. Apoyó sin matices, justificó lo injustificable, y promovió desde su limitada capacidad intelectual la idea simplona del Estado como benefactor mágico. Pero ahora, cuando tiene que venderse como el candidato continuista, y conquistar el voto de millones de ciudadanos, tendrá grandes dificultades para mimetizar su ignorancia oceánica y su brutalidad manifiesta.  

Frente a los cuestionamientos, Bolívar no sabe responder de otra manera que no sea con el envanecimiento propio de los zafios. En vez de asumir sus yerros como funcionario, prefiere lanzarse contra todos, incluidos sus antiguos compañeros, desnudando así el talante real del petrismo: un zoológico de mentes cortísimas. 

Hay algo profundamente irónico en todo esto. Bolívar pasó años exaltando el odio de clases, glorificando la ignorancia como virtud popular, atacando a los empresarios, denigrando de la institucionalidad. Hoy, víctima de su propio monstruo, comprende —muy tarde— que el populismo no respeta ni a sus apóstoles.

La lección es clara. La izquierda radical, cuando llega al poder, no construye: destruye. Y cuando no encuentra a quién culpar afuera, se devora por dentro. El espectáculo que hoy ofrecen Bolívar y sus antiguos conmilitones es de cartelera. 

La diferencia es que aquí no hay una película de ficción con héroes, sino un cartel colmado de villanos, delincuentes y millones de víctimas. 

Que la plaga petrista siga reventándose. Que se despedacen. El país lo agradece. Porque en la pelea entre ineptos, la verdad suele emerger.

Y como decía el gran filósofo Epicteto: «No es lo que te sucede, sino cómo reaccionas lo que importa». Pues bien, hay que reaccionar desternillándose de la risa. Con inteligencia, con memoria y, sobre todo, con urnas en 2026.

Porque si los colombianos no paran este desastre con votos, lo van a pagar con ruina.

@IrreverentesCol

Publicado: julio 14 de 2025