El sainete

El sainete

Absurdo, grotesco, carente de pruebas incriminatorias, colmado de suposiciones. En resumidas cuentas, escandaloso. Esa es la descripción rápida y certera de lo que fue el burdo juicio que se adelantó en contra del expresidente Uribe.

Los colombianos pudieron presenciar un linchamiento político disfrazado de procedimiento legal. No hubo garantías, ni debido proceso, ni búsqueda sincera de la verdad: lo que se vio fue una asquerosa coreografía de poder, donde parecía que la sentencia estaba escrita antes de que se instalaran las audiencias. 

Contra Uribe se ejecutó una vendetta con muchas togas, muchos micrófonos y muchas falsas víctimas. A falta de evidencias, buenas fueron las conveniencias. 

Cuando un juicio se convierte en teatro, cuando la ley se tuerce para fustigar al líder político que no se rinde ante el implacable socialismo, lo que está en juego no es solo el destino del acusado, sino la credibilidad del Estado de derecho. 

Lo que se hizo contra el expresidente claramente no eleva la democracia; la hunde, la envilece, la ensucia. 

Hace poco Jerónimo Uribe escribió una sentida columna en la que reivindicó, como es natural, la inocencia de su padre. Al final impartió una sentencia que resulta inapelable: la historia ya absolvió al mejor gobernante que ha tenido Colombia en las últimas décadas. 

No viene al caso ahondar en minucias de lo dicho o dejado de decir a lo largo de las extenuantes jornadas en las que comparecieron decenas de testigos, porque de nuevo: todo era una farsa puesta en marcha por la fiscalía de Petro, pero urdida desde hace muchos años. 

Con asco profundo hay que decirlo: el que permitió que el tinglado se erigiera fue nadie menos que el señor Iván Duque, persona que llegó a la presidencia gracias a que a Uribe le dio la gana llevarlo hasta allí. Por sus propios medios –que son bastante escasos–, ese individuo jamás habría logrado ocupar una curul en la asamblea de Cundinamarca.

Álvaro Uribe es el símbolo de una nación que se negó a arrodillarse ante el terrorismo, que enfrentó el chantaje criminal de las Farc y que recuperó el control de Estado cuando este se encontraba al borde del colapso.

Su gobierno no fue perfecto –ninguno lo es–, pero trajo lo que el país pedía a gritos: seguridad, autoridad, crecimiento económico, cohesión social. Colombia dejó de ser un Estado fallido para convertirse en un polo que atrajo a miles de inversionistas extranjeros. 

Mientras muchos teorizaban en sus escritorios, Uribe caminaba las veredas, hablaba con los soldados, oía las necesidades de los campesinos y tomaba decisiones concretas.

Él es un político al que no le gusta ejercer desde una torre de marfil, sino desde el frente de batalla institucional. Por eso le temen. 

Sus opositores, que lo tratan como a un enemigo a muerte, saben que es muy difícil ganarle en el frente electoral. Por eso decidieron perseguirlo con odio, con sevicia, utilizando fiscales, magistrados y periodistas como instrumentos de un ajuste de cuentas político.

Saben que él es inocente, pero eso no les importa. Su interés: humillar al único hombre que los ha destrozado en las urnas. 

La mala noticia para esas alimañas es que Uribe no se rinde. A pesar del hostigamiento permanente, de la calumnia sistemática, de los intentos de borrarlo –término incorporado por Petro para propiciar el asesinato aleve de sus críticos–, él seguirá siendo una voz presente, lúcida y necesaria.   

El tiempo se encargará de poner las cosas en su lugar, y cuando eso ocurra, los que hoy celebran su persecución quedarán retratados como lo que son: unos cobardes que utilizaron las instituciones para aniquilar al patriota que, con firmeza y coraje, ha dedicado su vida para evitar que Colombia sea propiedad de los terroristas. 

@IrreverentesCol

Publicado: junio 25 de 2025