«Matarife» se defiende de las acusaciones que se le han formulado por la obscenidad de sus trinos diciendo que ellos hacen parte de una obra literaria de su autoría y que sobre las obras de arte no proceden juicios morales.
Ello trae a mi memoria lo que leí hace tiempo en un libro acerca del arte contemporáneo, en el que se menciona un extremo de degradación al que se llegó cuando en una exposición en el MAM de Nueva York alguien exhibió un frasco que contenía un excremento humano como muestra de su creatividad.
Por supuesto que sobre lo que pretenda ser obra de arte caben ante todo juicios estéticos, a partir de los cuáles la producción del sujeto de marras sale muy mal librada, como acaba de salir en un concurso de vallenatos una producción de «Vulgarcito», ése que funge de ministro de Educación del fementido gobierno del cambio.
Pero la cuestión de fondo es la de si hay aspectos de la vida humana que son intocables para la moral, que lo mismo que el derecho, su pariente en el universo de las normatividades, se caracteriza por lo que con cierta prosopopeya se denomina la plenitud hermética, lo que significa que nada de lo humano le es extraño y todo lo nuestro da lugar a que se lo aplauda, se lo tolere, se lo desaconseje o se lo reprima.
Para una mejor comprensión del asunto, creo que conviene observar que los juicios morales se mueven por lo menos dentro de tres escenarios que pueden diferir entre ellos.
El primero toca con la moral social, la que se genera y trata de imponerse en la vida de relación. Es un dato sociológico fundamental: toda interacción humana produce reglas de conducta que en los ámbitos colectivos se clasifican como reglas de trato social o de buena educación, reglas morales y reglas jurídicas, que pueden imponerse mediante la coerción. Pues bien, hasta en las organizaciones criminales rigen normatividades tendientes a asegurar la fidelidad de sus integrantes. De hecho, cada cultura provee al grupo de reglas morales mediante las cuáles se trata de mantener la cohesión y ciertos modos de convivencia que la facilitan. Es claro que esos ordenamientos morales adolecen de relatividad, aunque, si bien se miran las cosas, parece posible advertir en todos ellos alguna uniformidad, tal como lo señalan no pocos pensadores eminentes. Esa uniformidad se basa en que, pese a sus diversas manifestaciones, hay una naturaleza humana de la que todos participamos y se exhibe en forma semejante en todo tiempo y lugar.
La moral social tropieza con resistencias individuales, pues a menudo nuestros congéneres deciden seguir sus propias valoraciones, que pueden no coincidir con las colectivas. No es exagerado afirmar que cada individuo se define por aquello en que cree y valora. Sartre decía que el hombre es lo que hace, pero el obrar humano depende de creencias y valoraciones que se albergan en el interior de cada cual.
Todo individuo es moral a su manera. Las hay bastante disparatadas, por cierto, como la del taxista que me contó que tenía dos mujeres y al preguntarle cómo hacía para manejarlas, respondió: «Con mucha ética, señor: yo no le muestro mi novia a mi esposa».
El tercer escenario es mucho más profundo y decisivo que los de las moralidades colectivas e individuales. Hay quienes consideran, como Kant, que es el de la moral racional con pretensiones de universalidad. Pero los creyentes pensamos que es el de las relaciones con nuestro Supremo Hacedor. En todo caso, este escenario es el de las normatividades que procuran la realización plena de nuestra humanidad mediante la búsqueda de la excelencia. Son las reglas que trazan el camino que a Dios nos conduce, las que nos hacen mejores seres humanos y nos protegen de extravíos y degradaciones como las que exhiben «Matarife» y sus patrocinadores en el alto gobierno.
La primorosa restauración de la catedral de Notre Dame en París ilustra sobre cómo la búsqueda de la excelencia nos lleva a escenarios celestiales. Hace tiempo leí en los comentarios sobre alguna obra musical que en el Concilio de Trento se discutió si la polifonía que reemplazaba al canto llano era adecuada para alabar al Señor. Se pensaba que distraía a los oyentes, pero se llegó a la conclusión de que no era inadecuada para la liturgia católica. La excelsitud de esta era apreciada hasta por los no creyentes. Recuerdo a propósito de ello que un nutrido y selecto grupo de personalidades de la cultura, entre las que figuraba nadie menos que el muy célebre Yehudi Menuhin, considerado como el violinista del siglo XX, se dirigió al entonces papa Pablo VI abogando por la conservación de la misa tradicional, la que engalanaron Bach con su Misa en Si Menor o Beethoven con su Misa Solemne.
A propósito, se dice que Beethoven consideraba que esta era la expresión más elevada de su arte musical. «El Secreto de Beethoven», una película que vi hace años, apoya la tesis de que el más grande compositor de todos los tiempos buscaba en sus últimas obras, los célebres cuartetos finales, llegar hasta el umbral de la Divinidad.
Nada que ver, por supuesto, con lo que «Matarife» y «Vulgarcito» pretenden que es el arte.