En política —como en la vida— nada es fácil. Pero hay un elemento que la define con crudeza: se trata, en esencia, de una disputa por el poder. No hay que edulcorarlo. La política es confrontación, es tensión permanente por el control del Estado y por la capacidad de orientar el destino de una sociedad.
Y en Colombia, hoy, lo que está en juego desborda con creces una elección ordinaria.
No se trata únicamente de quién gobernará. Lo que está en disputa es la continuidad misma del modelo democrático que ha sostenido al país.
Como están las cosas, Cepeda tiene todo para ganar las elecciones. No es una mera hipótesis sino una posibilidad concreta
Y precisamente por eso el país debería estar dando un debate más serio del que está dando.
Porque una eventual llegada de Cepeda al poder no sería un simple viraje político ni una alternancia más dentro de las reglas del juego. Sería el punto de quiebre. La entrada a un proceso de desmonte institucional que otras naciones ya padecieron: primero, el cerco a la libertad de expresión; después, la asfixia de la iniciativa privada; más adelante, la neutralización del pluralismo hasta convertirlo en una ficción. No es una hipótesis alarmista. Es un libreto conocido, ejecutado paso a paso, con consecuencias irreversibles.
No se trata de agitar fantasmas ni de recurrir a etiquetas fáciles. El problema no es el nombre que se le quiera poner, sino la naturaleza de las ideas. Y en este caso, la trayectoria, el discurso y las afinidades ideológicas de Cepeda son suficientemente claros: el hombre que puntea en las encuestas es un marxista de cabo a rabo.
Frente a esta realidad, ha empezado a abrirse paso una discusión que hasta hace poco parecía improbable: la posibilidad de una candidatura unificada en la oposición antes de la primera vuelta.
El presidente Álvaro Uribe escribió en su cuenta de X: «Piden unidad Paloma Abelardo. Nuestro deber es total respeto por construir condiciones».
No es una frase menor. Es una señal política.
Una señal de que empieza a comprenderse la dimensión del momento. Porque si algo muestran hoy los números es que el voto opositor está concentrado, principalmente, en dos candidaturas. Y la fragmentación puede llegar a convertirse en un riesgo.
Ahora bien, dentro de ese universo, también hay diferencias de fondo que no pueden ignorarse.
Abelardo De La Espriella encarna las ideas más reconocibles del uribismo. Su discurso, su tono y su posicionamiento conectan de manera directa con una base que se siente reflejada sin matices.
La candidatura de Paloma, en cambio, proviene de una coalición más amplia y heterogénea, donde confluyen sectores que van desde el centro izquierda hasta una derecha moderada. Esa amplitud le ha permitido crecer, sumar apoyos y capitalizar su triunfo en una consulta en la que participaron múltiples corrientes.
Pero al mismo tiempo introduce elementos que no son propios del núcleo ideológico del uribismo, lo que explica por qué una parte importante de ese electorado tse ha inclinado hacia la candidatura de El Tigre.
Ahí está la tensión.
Dos candidaturas fuertes, con bases distintas, con fortalezas propias, pero llamadas —por las circunstancias— a entenderse.
Ahora bien, cualquier entendimiento serio no puede construirse sobre anhelos ni sobre expectativas. Tiene que descansar sobre bases firmes. Y la primera de ellas es elemental: ¿cuál de los dos candidatos tiene realmente mejores probabilidades de victoria? No lo que cada campaña quisiera, no lo que sus seguidores creen, sino lo que muestran los hechos. Tiene que ser la realidad —no el deseo— la que sirva como punto de partida para un diálogo franco y con opciones reales de éxito. Todo lo demás es perder tiempo y distraerse en lo accesorio.
¿Es fácil un acuerdo antes de la primera vuelta? Claramente no. Implica renuncias, cálculos complejos y decisiones incómodas.
¿Es necesario intentarlo? Sin duda.
Porque, y vale la pena insistir en ello, este no es un pulso convencional por el poder. Lo que está en juego es algo más profundo: la preservación de las libertades que sostienen a la República.
Cuando eso está en riesgo, la política deja de ser una competencia entre aspiraciones individuales y pasa a ser una responsabilidad histórica.
Publicado: marzo 18 de 2025
