Muy orgullosa, la nueva dictadora de Venezuela se posesionó ante la Asamblea espuria de su país. Lo hizo jurando por el nombre de Chávez, de su hermano, de la «revolución» narcotraficante y por el de su padre, Jorge Antonio Rodríguez.
¿De quién se trata? Jorge Antonio Rodríguez fue el fundador de la banda comunista y terrorista venezolana conocida como la Liga socialista, organización que delinquió en los años setenta del siglo pasado.
Rodríguez era un criminal de la peor calaña. En febrero de 1976 se integró al bloque de delincuentes que planearon y ejecutaron el secuestro del empresario estadounidense William Frank Niehous, quien residía en Caracas y era representante de una importante empresa norteamericana.
La banda criminal justificó el rapto, alegando que Niehous era un agente de la CIA que adelantaba operaciones encubiertas en contra de los comunistas suramericanos. De manera delirante, lo acusaban incluso de haber participado en el golpe de estado contra Allende, en 1973.
Se trata de una retórica idéntica a la empleada por los terroristas del M-19 cuando secuestraron al dirigente sindical José Raquel Mercado, a quien ejecutaron en Bogotá ese mismo 1976, luego de «condenarlo» por ser un colaborador de la inteligencia estadounidense.
Niehous permaneció en poder de los antisociales durante más de tres años. Los secuestradores exigieron un rescate de U$3.5 millones de dólares, una suma equivalente hoy a cerca de 20 millones.
Cuando se perpetró ese secuestro, Delcy Rodríguez tenía siete años y su hermano Jorge once. Nacieron y crecieron en un hogar de delincuentes. La conversación familiar giraba alrededor de asuntos criminales. Su padre, en lugar de trabajar como una persona decente, se dedicaba a extorsionar, amedrentar y, en el caso concreto de Niehous, a secuestrar.
Venezuela se paralizó cuando el estadounidense fue liberado. De inmediato, el gobierno de Carlos Andrés Pérez puso en marcha una operación para dar con los responsables.
Uno de los capturados fue el padre de Delcy Rodríguez. Dos días después de su detención, murió en las instalaciones donde estaba siendo interrogado. El fallecimiento generó impacto en sus descendientes, quienes, movidos por el odio y la sed de venganza, abandonaron Venezuela con destino a Europa.
La viuda, sin esposo, pero con el dinero del secuestro, se estableció en Francia, donde Delcy y su hermano Jorge cursaron el colegio y la universidad.
Hugo Chávez admiraba al padre de Delcy, pero a ella la repudiaba. La calificaba con los peores adjetivos y nunca permitió que accediera a cargos importantes mientras ejerció como dictador de Venezuela. Los desplantes eran frecuentes. En viajes oficiales, cuando ella aparecía, se encargaba de impedir que viajara en el avión presidencial.
Tras la muerte de Chávez, Maduro desempolvó a Delcy Rodríguez. La nombró ministra de comunicaciones, luego canciller; después la convirtió en presidente de la asamblea constituyente. Más tarde la designó ministra de finanzas, de allí la trasladó al ministerio de petróleos y, en 2018, la exaltó como vicepresidente de su país. A comienzos de 2026 culminó su carrera política convirtiéndose en verdugo de su propio mentor.
No es una entelerida ni una mujer inofensiva. Se trata de una comunista peligrosa, rabiosa y despiadada. Así lo ha señalado sin ambages la dirigente opositora María Corina Machado: Delcy Rodríguez es una de las ideólogas de los encarcelamientos, las torturas, los asesinatos y, por supuesto, de la operación de la red de narcotráfico en la que está involucrada toda la cúpula del régimen venezolano.
El caso de Delcy Rodríguez no es una anomalía dentro del régimen venezolano, sino la expresión más acabada de una herencia política y moral cimentada en la violencia, el crimen y el resentimiento. Su trayectoria no responde al mérito ni a la vocación de servicio público, sino a una lógica de revancha y continuidad delictiva, donde el poder es utilizado como instrumento de ajuste de cuentas y consolidación criminal.
Es comprensible, aunque no aceptable, que sea ella quien quede al frente de una transición forzada hacia el retorno de la democracia tras la captura de Maduro. Su cercanía al núcleo del poder y su conocimiento de los engranajes del régimen la convierten en una figura funcional para administrar la caída de la dictadura. Pero esa conveniencia circunstancial no puede confundirse con legitimidad ni mucho menos con redención. Delcy Rodríguez es una delincuente del mismo nivel –o incluso peor– que el dictador capturado por los estadounidenses, y cualquier proceso serio de reconstrucción institucional en Venezuela deberá empezar por la reducción y encarcelamiento de la mayor cantidad de chavistas posible, incluida la dictadora Rodríguez.
@IrreverentesCol
Publicado: enero 8 de 2026
