Benedetti, la encarnación de la degradación

Benedetti, la encarnación de la degradación

No se trata de un accidente, ni de un exceso aislado, ni de un simple problema de formas. El espectáculo de insultos, acusaciones cruzadas y vendettas personales que hoy domina la escena del alto gobierno colombiano responde a un talante específico: el de un Ejecutivo de extrema izquierda que no se comporta como una administración de estadistas ni de dirigentes políticos, sino como una cofradía de individuos carentes de autoridad moral, disciplina institucional y altura. Una asociación de zafios, degenerados, adictos, hampones y profesionales de la vulgaridad y la ramplonería.  

La figura que mejor encarna esta degradación es Armando Benedetti. Ese campeón de la delincuencia se ha convertido en el eje transversal de una dinámica política basada en el ataque personal, la acusación sin mediación judicial y la exhibición obscena de conflictos internos como forma de ejercicio del poder. Allí donde él aparece, el lenguaje se envilece, la institucionalidad se achica y el debate se reduce a un intercambio de agravios, de groserías e improperios.

En una semana, los colombianos presenciaron el enfrentamiento entre Benedetti y Carlos Carrillo, y luego la del ministro del Interior con el oscuro exministro de Comercio y exdirector de la Dian, Luis Carlos Reyes. La sabiduría popular no se equivoca cuando señala que en ese tipo de confrontaciones no hay bala perdida. 

Todos se acusan públicamente de ser ladrones; quizás a los tres les asista la razón. No hay discusión de políticas públicas, no hay debate técnico, no hay confrontación ideológica articulada. Hay, simplemente, un cruce de señalamientos personales propios de una pelea, navaja en mano, entre rufianes de esquina. Carrillo ataca a Benedetti; Benedetti responde escupiendo toda suerte de vulgaridades contra Carrillo. Al final, nadie termina sabiendo quién tiene la razón. Posiblemente ninguno de los dos, y de lo que se trata es de una delación entre hampones, porque, a decir verdad, entre ese par de sujetos, que entre el diablo y escoja. 

Pero lo más revelador es que este no es un episodio aislado. El patrón se repite y se agrava en la segunda confrontación protagonizada por Benedetti, esta vez contra Luis Carlos Reyes, exministro de Comercio y exdirector de la Dian. Aquí el intercambio alcanza un nivel aún más preocupante. Benedetti acusa a Reyes de haber favorecido al jefe del contrabando, alias “Papá Pitufo”. Reyes responde recordando enrostrando el historial de escándalos, investigaciones y comportamientos que hacen parte del currículo, o más bien prontuario, de Benedetti.

Ambos se acusan, simultáneamente, de favorecer delincuentes. Ambos trasladan al espacio público una disputa que debería tramitarse exclusivamente en sede judicial. Sin embargo, existe una diferencia sustancial que no puede ignorarse: la autoridad moral desde la cual se acusa. Y en ese punto, el debate se rompe de manera definitiva.

Armando Benedetti Villaneda es, probablemente, la última persona que puede arrogarse la facultad moral de señalar a otros como criminales. En términos hiperbólicos: cuando el delito aún no existía en Colombia, Benedetti ya tenía una amplia trayectoria en la criminalidad. Su carrera política –o delincuencial para ser exactos–está marcada por un cúmulo de episodios que minan por completo su credibilidad: no hay un gran escándalo de corrupción en las últimas dos décadas en las que el nombre del ministro del Interior de Petro no aparezca por activa, pasiva o perifrástica. 

Que alguien con ese prontuario pretenda erigirse en fiscal moral del país no fortalece la lucha contra el crimen; la convierte en farsa. No limpia el Estado; lo ensucia. No depura el poder; lo contamina. Y cuando el gobierno no solo tolera, sino que incorpora y protege ese tipo de figuras, el problema deja de ser individual y se vuelve estructural.

Este es el verdadero rostro del actual gobierno colombiano: no un gobierno de ideas, sino de resentimientos; no un gobierno al frente de entidades, sino de malhechores dirigiéndolas ; no un gobierno de altura política, sino de confrontación vulgar. La extrema izquierda en el poder no ha producido estadistas ni dirigentes, sino un elenco de personajes cuya conducta refleja la profunda degradación moral que padece Colombia.

Decir que el gobierno está en manos de una cuerda de barriobajeros no es una metáfora exagerada: es una descripción precisa del estilo. Un poder que grita, insulta, acusa y se revuelca en el lodo no gobierna, más bien ocupa. No dirige; irrumpe. No transforma; degrada. Y cuando la basura del debate se instala en la cúspide del Estado, arrastra consigo la dignidad de la República.  

@IrreverentesCol

Publicado: diciembre 15 de 2025