Gracias José Antonio

Gracias José Antonio

Se nos va Morante. Así, con la misma naturalidad con que se iba del ruedo tras una faena de seda y fuego, dejando al público entre el silencio y la incredulidad. Se despide el torero que volvió a ponerle duende a la palabra «arte», el hombre que no torea con el cuerpo sino con el alma, el que devolvió al toreo su dimensión mística, su sabor antiguo, su emoción litúrgica. José Antonio Morante de La Puebla no es un torero más: es un milagro repetido cada tarde, una interrogación estética en medio de un mundo que corre demasiado deprisa para detenerse a mirar un natural eterno.

Desde aquel debut precoz en La Puebla del Río, con apenas un sueño y una muleta, se adivinaba que no era un torero de moldes. Su forma de andar, de mirar al toro, de colocarse, anunciaba una vocación distinta: la del artista que no busca el triunfo, sino la belleza; que no se mide por números, sino por estremecimientos. Morante nunca toreó para las estadísticas, ni para los tendidos fríos del juicio técnico: toreó para el alma del aficionado, para la lágrima contenida, para el que sabe que la tauromaquia es arte y elevada expresión cultural. 

Cuando abría de capa, el aire cambiaba. No eran verónicas: eran caricias. La plaza se hacía silencio, y de repente todo era un cuadro: la seda, el vuelo, el compás. En los naturales, se olvidaba la técnica y surgía la verdad desnuda del arte. Esa forma suya de romper el tiempo, de alargar el muletazo hasta el infinito, es ya parte del patrimonio sentimental del toreo. Y cuando citaba con el capote por delantales o por gaoneras, parecía que lo hacía desde el otro lado del espejo de Belmonte, donde el toreo es quietud y pensamiento.

Morante fue siempre un torero de inspiración, de estado de gracia. No había dos faenas iguales, ni siquiera dos verónicas gemelas. Cada tarde era un riesgo absoluto: podía tocar el cielo o el abismo. Y en esa imprevisibilidad residía su grandeza. No aceptaba el toreo mecánico, ni el reglón del academismo. Toreaba como sentía, como respiraba, como soñaba. Por eso, cuando hacía el paseíllo, el mundo parecía detenerse. No había más que su figura, la de su cuadrilla y, por supuesto, el toro. 

Tuvo tardes de oro y tardes de sombra, pero hasta en sus fracasos había verdad. No se escondía, no se justificaba: simplemente, no había aparecido el ángel. Y cuando aparecía, todo cobraba sentido. Sevilla, Madrid, Pamploina, Bilbao, Málaga… todas las plazas guardan en su memoria algún pasaje suyo imposible de olvidar. La del sombrero cordobés, la de los trajes inspirados en Goya, la de los gestos románticos, la del torero que se sabía heredero de la escuela más pura y a la vez su más rebelde renovador.

Y al final, cuando el reloj de la historia marcó la hora de su despedida, Morante salió como debía salir: por la puerta grande de Las Ventas, el Palacio Real del Toreo Mundial. Allí, donde solo los elegidos escriben su última página, cortó la coletilla con la serenidad de quien sabe que ha cumplido su destino. El ruedo madrileño se convirtió en altar, el público en oración, y el tiempo se detuvo para rendir homenaje a un torero que ya es leyenda. No fue una despedida triste, sino una consagración: la confirmación de que su nombre quedará grabado en mármol, entre los más grandes.

Con su retiro, se apaga una llama difícil de repetir. Morante ha marcado con letras diamantinas el libro de la historia de la tauromaquia. Porque su nombre no se escribe con tinta, sino con sentimiento. Porque su paso por la fiesta no fue el de un profesional, sino el de un poeta que escogió como verso una muleta. Un aficionado madrileño, entre lágrimas, imploraba a León XIV para que en vida sea elevado a los Altares.  

En tiempos donde la uniformidad amenaza al arte, él fue la excepción, el último romántico, el que defendió que el toreo es una emoción y no una industria.

Perdurará su aroma, su manera de mirar al toro, su gesto entre melancólico y altivo, su misterio. Quedará la certeza de que, mientras existan aficionados que amen la pureza, su nombre se pronunciará con respeto y nostalgia. Porque hubo un torero que nos recordó que el arte no se explica, se siente. Y ese torero se llama, con todas las letras del alma, José Antonio Morante de La Puebla.

@IrreverentesCol

Publicado: octubre 14 de 2025