El Engaño Verde

El Engaño Verde

El ambientalismo neomarxista nos arrastra al abismo.

Recordemos las profecías de terror que han saturado nuestras vidas durante décadas. Activistas con rostros graves nos advertían que ciudades como Nueva York o Miami se hundirían bajo las olas para el año 2000, o que las islas del Pacífico desaparecerían, borrando naciones enteras del mapa. En los ochenta y noventa, se hablaba de autopistas inundadas en Manhattan, de costas devoradas por mares furiosos, todo por un calentamiento global supuestamente imparable causado por las fábricas y los automóviles. Y aquí estamos en 2025: Nueva York sigue en pie, sus calles atestadas de tráfico; esas islas no solo están intactas, sino que algunas son más grandes gracias a la acumulación natural de arena y corales.

¿Dónde quedaron esos desastres? Fueron ecos de pánico, predicciones fallidas que se repitieron y repiten como un disco rayado. Lo mismo ocurrió con las alertas de hambrunas globales para el 2000 o de océanos muertos en los ochenta. Nada de eso pasó. En cambio, hemos visto cosechas récord y menos muertes por desastres naturales, gracias a la tecnología y la prosperidad que el ambientalismo neomarxista critica con saña.

El miedo no se detiene: hoy, el presidente Petro y sus seguidores nos amenazan con infiernos de sequías y tormentas si seguimos usando carbón, petróleo o gas. Predicen colapsos sociales en quince años, extinciones masivas si no abandonamos estos combustibles que han sacado a miles de millones de la pobreza. Es un absurdo: las emisiones récord han traído avances en salud y alimentación, no apocalipsis.

Estas exageraciones justifican la doctrina del decrecimiento que Petro enarbola: frenar el crecimiento económico, reducir el consumo, volver a una vida austera para «salvar el planeta». En la práctica, esto significa hambrunas, colapso de ciudades dependientes de la agricultura moderna y un retorno a la miseria que ya superamos. Disfrazados de redentores ambientalistas, ignoran cómo el progreso ha reducido la pobreza extrema y ha fortalecido la adaptación frente al clima.

Detrás de esto hay una “fatal arrogancia”: el antropocentrismo que cree que el hombre puede dominar el clima. La realidad es humillante: los cambios climáticos son cósmicos, no humanos. Las edades de hielo cubrieron continentes; las eras cálidas florecieron sin que hubiera en la tierra un solo humano. ¿Las causas? Variaciones en el eje terrestre, ciclos solares. Enfriamientos como el de 1600, cuando el Sol «se apagó» y Europa tembló de frío, o calentamientos medievales con viñedos en Inglaterra. Todo fue natural, sin intervención humana.

El Sahara, una pradera fértil hace miles de años con ríos y caza, se convirtió en desierto por un cambio en la órbita terrestre que alteró las lluvias, sin que el hombre interviniera. El meteorito que acabó con los dinosaurios hace 66 millones de años tuvo un impacto mínimo en el eje terrestre, pero generó un «invierno» global por el polvo y, luego, un calentamiento por gases naturales. El clima responde a colisiones estelares, volcanes, océanos. Las emisiones humanas son una gota en el océano comparadas con las de los mares y los suelos.

Y el CO2, demonizado por los alarmistas, es un regalo: reverdece el planeta, encoge desiertos, impulsa cosechas de maiz, trigo y arroz, alimentando a poblaciones enteras. Revisiones del Departamento de Energía de EE.UU. y fundaciones independientes desmontan las predicciones terroríficas: los modelos exageran el calentamiento, ignoran que hay menos muertes por frío y ocultan que los eventos extremos no han aumentado. Propendamos por una ciencia equilibrada, no por los regaños histéricos e hipócrtitas de Greta Thunberg o el pánico político.

Que no nos llamen «negacionistas» los neomarxistas: somos afirmacionistas. Afirmamos la resiliencia de la Tierra, el ingenio humano y los beneficios del progreso.

Defender los ríos, los mares, las selvas y el aire es un acto de civilización, no de demagogia. Los países capitalistas lo hacen excelentemente, mientras que los socialistas han sido depredadores: Rusia contamina sus ríos, China deforesta masivamente y envenena su aire, Cuba es un basurero a cielo abierto.

Ese ambientalismo es una mutación marxista: cambia la lucha de clases por una guerra entre hombre y naturaleza. Para los petristas, el humano es un “parásito explotador”. ¡Ridículo! Recordemos a Mao, que en los cincuenta declaró la guerra a los gorriones, creyendo que salvaría las cosechas y la matanza de esos pájaros desató plagas de langostas y una hambruna que mató a millones de chinos. Ese voluntarismo obtuso revive hoy en prohibiciones que empobrecen.

En Colombia, Petro enarbola doctrinas que atacan la prosperidad. Su programa niega la exploración petrolera, prohíbe el fracking y corta exportaciones de carbón, robando miles de millones en regalías a regiones pobres. Figuras como Isabel Zuleta y su movimiento “Ríos Vivos” odian las hidroeléctricas; proponen desembalsar represas como Hidroituango, arriesgando inundaciones catastróficas y un apagón. El petrismo desprecia la energía limpia y los empleos que estas generan.

Petro apoya a cultivadores de coca como «oprimidos», proponiendo comprarles la hoja o pagarles por «regenerar la selva». Es una hipocresía: la coca deforesta la Amazonia, tala miles de hectáreas y contamina los ríos con químicos.

La realidad es alarmante: la producción petrolera y gasífera declina, las reservas se agotan sin reemplazo. La «transición energética» a renovables inmaduras arriesga un apagón para 2026, un colapso fiscal y más pobreza en las regiones mineroenergéticas. Petro anuncia que no firmará contratos porque «entrañan muerte», perdiendo ingresos vitales. Dice reducir la deforestación, pero las selvas y bosques siguen desapareciendo bajo el avance de cultivos ilícitos.

El neo-marxismo verde dice idealizar la naturaleza, pero miente. Ignora una coexistencia próspera. En lugar de adaptación —diques, innovaciones tecnológicas como las de Israel—, nos impone prohibiciones empobrecedoras. No es el clima el que nos destruirá, sino el fanatismo petrista disfrazado de salvación.

¡Despertemos! La Tierra cambia sola; prosperemos con ella, no contra ella.