Mientras el mundo entero pone sus ojos en Ucrania y en los Territorios Palestinos, la tragedia cubana se ha vuelto parte del paisaje. Nadie habla de ella, nadie la menciona, nadie se indigna. El planeta se conmueve con las imágenes de la guerra, con los desplazados, con los bombardeos, pero guarda un silencio cómplice frente a la catástrofe humanitaria que se vive a menos de doscientos kilómetros de las costas de Miami.
En Cuba no hay bombas, pero hay hambre. No hay tanques, pero hay hospitales colapsados. No hay misiles, pero hay niños que mueren por falta de medicinas. Hoy la isla atraviesa una crisis sanitaria sin precedentes: cuatro virus —zika, dengue, chikungunya y Oropouche— la golpean al mismo tiempo, mientras el régimen lo oculta o lo minimiza con el eufemismo de «síndrome febril». Los médicos no tienen insumos, los hospitales no tienen electricidad estable, y los enfermos se hacinan en condiciones infrahumanas. La dictadura, en lugar de informar, calla. Y cuando rompe el silencio, lo hace para mentir.
No es solo la salud: es el hambre. Es la pobreza. Es la desesperanza. Según los datos más recientes, casi el noventa por ciento de los cubanos vive en pobreza extrema. El diez porciento restante, corresponde a la recua de sinvergüenzas que integra la cúpula gubernamental. Hay familias que comen una sola vez al día y hay ancianos que rebuscan en la basura. Los apagones duran horas y, mientras tanto, el régimen transmite imágenes de funcionarios sonrientes que prometen un futuro luminoso que nunca llega. Cuba es un país donde la luz se fue hace mucho: primero la luz moral que desapareció en el mismo instante en que el comunismo se entronizó, y luego la eléctrica que es un bien tan o más escaso que los diamantes.
La indignación aumenta por cuenta de la indiferencia. Lo verdaderamente obsceno es el silencio de tantos que se llenan la boca hablando de justicia social, pero que voltean la mirada frente a esa dictadura corrupta. Los socialistas del mundo —los mismos que lloran por Palestina y claman por Ucrania— guardan inmundo mutismo ante el sufrimiento de casi 11 millones de personas que, más que vivir, están presos en esa isla. Prefieren no mirar. Les incomoda tener que aceptar que el experimento revolucionario que idolatraron terminó en ruina, miseria y represión.
La inmoral izquierda internacional, esa que se presenta como portaestandarte de los derechos humanos, es insoportablemente selectiva. Condena las violaciones cuando las comete el adversario ideológico, pero las ignora cuando el verdugo es rojo.
La hecatombe cubana es una guerra contra la dignidad de las personas. Es la guerra de un Estado contra su propio pueblo. Tristemente, el mundo la acepta porque se ha acostumbrado a ella. Porque es más fácil repetir la consigna de que todo el problema se debe al «bloqueo», que mirar de frente el fracaso absoluto de un sistema que ha convertido a un país entero, en un campo de miseria y miedo.
Cuba muere de hambre y de enfermedad. Sus gentes fallecen en medio de un silencio ensordecedor por parte del mundo libre. Cada día que pasa sin que haya una reacción contundente, la satrapía gana. Los cubanos no piden caridad, piden libertad. En consecuencia, lo mínimo que se les puede ofrecer es no callar.
Es hora de decirlo con todas las letras: Cuba es una tragedia. Una tragedia de la que nadie habla, pero que define, mejor que ninguna otra, la hipocresía de nuestra época.
Publicado: octubre 8 de 2025
