El viaje de Gustavo Petro al Japón no se constituye en un hito diplomático ni en un gesto de acercamiento estratégico entre Colombia y una de las economías más avanzadas del planeta, sino en un espectáculo bochornoso, digno de una crónica de feria provinciana. Lo que debía ser una delegación de Estado con rigor y seriedad, terminó pareciendo una comparsa improvisada, un desfile de carnaval que llevó lo peor del folclor político colombiano a una nación que se caracteriza por la sobriedad, la disciplina y el respeto a las formas.
El presidente colombiano, en lugar de aprovechar un escenario tan crucial para hablar de inversiones, tecnología o cooperación, prefirió ensayar un libreto tragicómico. Con el aplomo de quien cree que el mundo entero espera sus ocurrencias, Petro se despachó con una de las frases más memorables —y vergonzosas— de su carrera: que McDonald’s debería dejar de vender hamburguesas para dedicarse de lleno a la venta de lechona, ese plato típico de las fiestas de pueblo.
A su juicio, la lechona tiene tanto futuro que podría convertirse en la nueva carta de presentación de Colombia ante el planeta. El Japón, que exporta innovación tecnológica, autos, trenes bala y satélites, oyó al mandatario colombiano afirmar que, en pocos días, los nipones habían consumido diez millones de toneladas de cerdo relleno de arroz y arveja. ¿Y quién quita? Tal vez hasta se aficionaron a sorberle el hocico al gorrino horneado, como si fuera sashimi criollo.
La escena, por supuesto, no podía ser más cutre. Fue la confirmación de que el jefe de Estado colombiano es incapaz de distinguir entre un acto diplomático y una parranda en la que abundaron las guayaberas arrugadas, los sombreros vueltiados y las polleras. En lugar de proyectar la imagen de un país moderno y competitivo, el presidente convirtió la visita en un sainete de tierra caliente. Y lo más lamentable es que no fue un lapsus ni un exabrupto menor: Petro realmente cree que su papel es pontificar con disparates que lo hacen ver a él como un bufón y a Colombia como un país sin rumbo ni dignidad.
Como si no bastara con el circo gastronómico, el presidente volvió a mostrar en Tokio lo que ya es un patrón en su vida pública: compareció en una rueda de prensa en evidente estado de embriaguez. Balbuceante, incoherente, con la mirada perdida, se presentó ante los periodistas japoneses confirmando lo que ya en el mundo se rumora con cada vez menos discreción: que el jefe de Estado colombiano no puede sostener una agenda oficial sin entregarse primero a la botella y al polvo. Eso que Petro llama «café de leche». En un país como Japón, donde el honor, la disciplina y el autocontrol son virtudes esenciales, el espectáculo debió ser doblemente humillante.
Lo trágico de todo esto no es solo el ridículo personal de Gustavo Petro, que ya está acostumbrado a deambular por el escenario internacional como un agitador de cantina, sino que arrastra consigo la imagen de todo un país. Colombia no fue representada como una nación de gente trabajadora, talentosa y seria, sino como una república caricaturesca cuyo presidente confunde diplomacia con chanza, y política exterior con juerga.
Así quedó la estampa: mientras Japón exhibe sus avances en inteligencia artificial y su rigor económico, Colombia, gracias a su presidente, ofrece como propuesta central la exportación de lechona y la demostración de que su mandatario no resiste un viaje oficial sin brindar un espectáculo degradante. Ese es el drama: no es solo Petro quien queda como un personaje burdo y degenerado, sino que es Colombia entera la que paga el costo de su irresponsabilidad y de su permanente disposición al ridículo.
Publicado: septiembre 9 de 2025
