El reciente espectáculo montado por algunos funcionarios del gobierno de Petro, empezando por la mujer que hace las veces de canciller de la República, anunciando con alharaca que renuncian a la visa para ingresar a los Estados Unidos, no es más que un acto de majadería. Un gesto vacío, sin peso jurídico ni político, que solo confirma la inclinación del petrismo a la demagogia barata y al populismo más ramplón.
Conviene empezar por lo esencial: una visa no es un derecho adquirido, ni un trofeo diplomático, ni mucho menos una condecoración que se pueda arrojar con gesto de dignidad. Es un permiso precario, revocable, que un Estado soberano concede según sus propios criterios. Washington otorga o cancela visas en ejercicio de su soberanía, y nadie tiene cómo reclamar ante un tribunal internacional. El derecho internacional público es meridianamente claro: el control migratorio pertenece al corazón mismo de la soberanía.
De ahí que hablar de «renunciar» a una visa sea una tontería de marca mayor. ¿Cómo renunciar a lo que no se posee? ¿Cómo devolver lo que nunca ha sido de uno? El portador de una visa no es su dueño, es apenas un beneficiario circunstancial de una gracia concedida por un Estado. Puede abstenerse de usarla, puede devolver el pasaporte, puede declararse en rebeldía contra el papel estampado. Todo eso es teatro, nada más. La vigencia de la visa depende solo de la autoridad que la otorgó.
Lo más grotesco es que este sainete se presenta como un acto de dignidad nacional. No lo es. No es Colombia la que está en juego cuando un funcionario de segunda o tercera línea devuelve su visa. No se afectan las relaciones bilaterales, no tambalea el comercio, no se altera la cooperación en seguridad. Es puro humo para distraer a la opinión pública y alimentar el discurso antiimperialista que tanto seduce al neocomunismo.
En este punto es prudente recordar el caso de Petro. A él no le «renunciaron» la visa. A Petro se la cancelaron. Y se la cancelaron por agitador, por haber incitado a la rebelión de los soldados estadounidenses. Fue una consecuencia directa de su conducta personal, no una afrenta contra Colombia. Washington no sancionó al país; sancionó al individuo. Ese episodio debería bastar para entender que la visa no es un botín político, sino una prerrogativa soberana del Estado que la concede.
Renunciar a la visa, entonces, no es un acto de soberanía, sino una estolidez. Una bufonada. Una payasada con la que los petristas pretenden hacer creer que están defendiendo la dignidad nacional, cuando en realidad lo único que defienden es su propio espectáculo. Si mañana Estados Unidos decide cancelar esas mismas visas, lo hará sin pedir permiso, sin dar explicaciones, y sin que ningún tratado internacional pueda frenarlo.
Pero claro, el populismo necesita de gestos vacíos. Necesita de símbolos baratos para encubrir lo que es realmente grave: el maridaje del régimen colombiano con el terrorismo islamista, invocando una supuesta defensa de los derechos humanos.
La tragedia es que, mientras se teatraliza con pasaportes y visados, Colombia sigue atrapada en los problemas reales: la inseguridad disparada, la economía en declive, la educación y la salud en crisis. En lugar de gobernar, se entretienen en montar comedias para la tribuna. Y la tribuna aplaude, aunque lo que le ofrezcan sea puro humo.
Lo serio, lo responsable, sería admitir que una visa no es símbolo de sometimiento ni de dignidad, sino un simple instrumento administrativo de un Estado soberano. Lo demás es politiquería. Y cuando la política se degrada al nivel de las estampillas consulares, lo que queda no es dignidad, sino ridiculez.
Publicado: octubre 1 de 2025
