En la política colombiana se habla con frecuencia de la llamada «maldición de la Costa»: la dificultad histórica de que un hijo de la región Caribe llegue a la presidencia por elección popular. A lo largo de más de dos siglos de República, los nombres costeños que han ocupado la primera magistratura lo han hecho en circunstancias excepcionales o con una recordación menor de la que sus méritos justificarían.
Entre esos nombres brilla con particular fuerza Rafael Núñez Moledo, cartagenero nacido en 1825, cuatro veces presidente de la República y artífice de la Regeneración. A Núñez se le debe la consolidación de un nuevo orden político, la construcción del Estado moderno colombiano y la letra del himno nacional. Fue un hombre de Estado con visión y capacidad de reforma, cuya obra trascendió los límites de su tiempo. Su condición de costeño nunca fue un obstáculo para liderar el país en una época de convulsión, aunque el peso de su figura ha sido muchas veces reducido a su dimensión literaria, como si se tratara más de un poeta que de un estadista. Núñez es prueba de que la Costa sí ha dado hombres capaces de transformar la nación en sus cimientos.
A su lado, aunque con menos reconocimiento, se encuentra José María Campo Serrano, nacido en Santa Marta en 1832. Conservador de sólida formación jurídica, llegó a la presidencia en 1886 tras la renuncia de Núñez, y fue él quien sancionó la gloriosa Constitución de 1886, la carta política que rigió por más de un siglo. Campo Serrano desempeñó un papel crucial en un momento fundacional, pero la historia lo ha relegado a la sombra, como si su participación hubiese sido un simple trámite, cuando en realidad encarnó la voz costeña en uno de los hitos más trascendentales de la República.
Décadas después, la Costa Caribe volvió a ilusionarse con la candidatura de Evaristo Sourdis Juliao, nacido en Barranquilla en 1925. Hijo de inmigrantes libaneses, abogado y empresario, alcanzó notoriedad en el conservatismo y se presentó a las elecciones de 1970. Su aspiración coincidió con una de las contiendas más tensas de la historia reciente, marcada por la pugna entre Misael Pastrana y Gustavo Rojas Pinilla. En ese escenario polarizado, Sourdis representó la carta costeña, respaldado por su región y por sectores que veían en él la oportunidad de romper el maleficio. Aunque no logró imponerse frente a las maquinarias dominantes, su candidatura demostró que la Costa podía aspirar legítimamente a la presidencia y dejó en el aire la sensación de que el triunfo estuvo al alcance de la mano.
Episodios como los de Núñez, Campo Serrano y Sourdis alimentan la idea de la «maldición de la Costa»: un destino que concede a la región momentos de gloria o de esperanza, pero que rara vez cristaliza en un liderazgo elegido por el voto popular con amplio reconocimiento nacional. La cultura, la música y la literatura costeñas han enriquecido al país entero, y sin embargo la cúspide del poder político ha parecido siempre un terreno esquivo.
Al aproximarse la cita electoral de 2026, se vuelve a plantear la posibilidad de un nuevo intento costeño. Entre los aspirantes con posibilidades reales está Abelardo de la Espriella quien en pocas semanas ha logrado consolidar una candidatura sólida. La sola posibilidad de que la Costa dispute otra vez la presidencia muestra que la maldición, aunque persistente, no es invencible.
El Caribe ha entregado al país constituciones, presidentes reformadores, estadistas de talla y candidatos de peso. Que en 2026 un hijo suyo vuelva a buscar la jefatura del Estado no sería un hecho anecdótico, sino una forma de recordar que, además de folclor y alegría, la Costa ha sabido dar visión política y grandeza. Tal vez sea el momento de que la maldición de la Costa quede finalmente en el pasado.
Publicado: septiembre 18 de 2025
