Duque y el hundimiento acelerado de Vicky

Duque y el hundimiento acelerado de Vicky

La campaña presidencial que apenas comienza arrastra ya un peso muerto, un lastre tan oneroso como repulsivo: la figura de Iván Duque. Su nombre, su sombra, su recuerdo, operan como una auténtica peste negra. Allí donde se le invoca, no germina nada; todo se seca, todo se corrompe, todo fracasa. No es exageración decir que Duque se ha convertido en un veneno político. Más aún: es un fenómeno raro en historia reciente, porque su desprestigio supera al de mandatarios que parecían insuperables en el arte de deshonrar la Presidencia, como Ernesto Samper y Juan Manuel Santos.

Samper cargó el baldón del Proceso 8.000, un escándalo de proporciones oceánicas que destrozó la institucionalidad y lo convirtió en un paria internacional. Santos, por su parte, es recordado como el gran traidor, el hombre que utilizó un capital político prestado para entregarle el país a las Farc y maquillar con premios internacionales su propia ambición de notoriedad. 

Ambos, sin embargo, conservan un rasgo que Duque jamás alcanzó: la capacidad de inspirar lealtades, aunque fueran torcidas; de provocar pasiones, aunque fueran negativas. Samper tuvo quien lo defendiera hasta el final. Santos todavía hoy tiene apóstoles de su «paz». Duque, en cambio, dejó un vacío absoluto. Su gobierno fue tan gris, tan insípido, tan carente de norte, que a su paso no quedó ni siquiera una causa por la cual pelear. Su impopularidad es distinta: no brota del escándalo ni de la traición ruidosa, sino de la irrelevancia. Y lo irrelevante, en política, mata más que lo infame. Ese cadáver político deambula ahora por la campaña presidencial. Lo hace de la manera más ruin: escondido tras bambalinas, intentando controlar candidaturas que podrían, en otras circunstancias, ofrecer un aire fresco. El caso más notorio es el de Vicky Dávila, cuya aspiración comenzó con expectativas de sacudir la contienda, pero que hoy se desangra lentamente bajo el control del duquismo. La periodista que prometía independencia ha terminado atrapada en la telaraña de un expresidente y de sus satélites, incapaz de advertir que la compañía de semejantes figuras es una sentencia de muerte electoral.

Allí aparece Alicia Arango, pieza clave de esta tragedia anunciada. Se la ha llamado, con razón, la madrina de la corrupción, no solo por las componendas que avaló durante su paso por el gobierno, sino porque encarna la esencia del duquismo: la mediocridad elevada a virtud, la lealtad a los clanes –como el de los Benedetti– por encima del mérito, la «astucia» de pasillo disfrazada de experiencia política. Arango es el rostro grotesco de un proyecto que no tiene ideas, que solo sabe perpetuar sus cuotas y blindar sus negocios. Que sea ella quien oriente, en calidad de estratega universal, la campaña de Dávila es, por sí mismo, un signo inequívoco del desastre.

La política no admite ingenuidades. Confiar en Duque y en Arango para conducir una candidatura es como entregar un barco averiado a un capitán que ya lo hundió todo antes. No hay misterio en lo que va a ocurrir: la derrota será inexorable, porque la carga de desprestigio es demasiado pesada. Es el mismo fenómeno que se ha registrado en otros contextos: allí donde Santos mete la mano, queda la sospecha de traición; donde Samper asoma, resucitan los fantasmas del narcotráfico; y donde Duque aparece, se impone la certeza del fracaso.

La diferencia es que Duque no estimula debates ni pasiones. Es tan insípido que no produce ganas ni de odiarlo. El filósofo rumano Cioran afirmaba que lo peor que puede ocurrirle a un hombre no es ser odiado, sino ignorado

Despierta pereza, fastidio, desdén. Nadie quiere oírlo, nadie lo respeta, nadie lo sigue. Y, sin embargo, se las arregla para infiltrarse en proyectos políticos y succionarlos como un parásito, dejando tras de sí un campo arrasado. Lo que sucede con la campaña de Vicky Dávila es apenas el capítulo más reciente de una larga cadena de ilusiones frustradas por culpa del duquismo.

La lección es dolorosa, pero clara. Duque no es un activo político, sino un pasivo absoluto. No hay campaña que sobreviva a su cercanía. No hay aspiración que resista su abrazo. Quien se deje contaminar por él firma su sentencia de defunción. Dávila, con su aparente sagacidad periodística, cayó en la trampa más obvia. Y con ella se arrastra a quienes confiaron en que su candidatura traería algo distinto.

La política colombiana no necesita más de Duque, ni de Arango, ni de sus satélites. Necesita liderazgo auténtico, convicciones firmes y una ruptura radical con la mediocridad que el duquismo simboliza. Si este lastre no se corta de raíz, lo que vendrá será otra temporada de frustraciones, otra repetición de fracasos, otra confirmación de que en Colombia los mismos de siempre terminan ahogando cualquier intento de cambio.

Duque pasará a la historia como un presidente anodino, un personaje sin relieve, un nombre que nadie quiere recordar. Fue el encargado de pavimentar el camino de la victoria petrista. Fue le hombre que, acobardado, rindió al Estado de Derecho, que dejó fugar a Sántrich, que no fue capaz de ponerle coto a la JEP. El suyo fue un mandato dirigido más por el pavor que por la convicción. 

No existe evidencia que contradiga que su mera presencia significará la ruina de la aspiración que «goce» de su respaldo. La campaña presidencial que empieza ya lleva la marca de su fracaso. Si algún servicio quiere hacerle el doctor Duque Márquez a la democracia y a la causa de la libertad de su país, que adhiera ya mismo al Pacto Histórico y levante la mano del candidato del narcocomunismo colombiano.

@IrreverentesCol

Publicado: septiembre 26 de 2025