De chapero a ministro

De chapero a ministro

En Colombia, la política terminó por convertirse en un laboratorio grotesco de imposiciones ideológicas y cuotas artificiales. Uno de los ejemplos más patéticos es la ley que obliga a que un tercio de los cargos del Estado sean ocupados por mujeres. Esa norma, que jamás respondió a un criterio de excelencia ni de mérito, fue parida por Viviane Morales, personaje turbio de la política nacional, más recordada por sus delitos que por sus aportes al derecho, y esposa del tristemente célebre Carlos Alonso Lucio, mercenario de mil causas, que ha vivido siempre de ponerse al servicio de la estructura criminal que mejor pague. La idea de llenar la burocracia con porcentajes fijos según el género es, además de estúpida, profundamente injusta: los cargos públicos deben ocuparse por capacidad y competencia, no por cromosomas.

En medio de este panorama, Gustavo Petro ha llevado el absurdo a un nuevo nivel. Como si buscara sus ministros en los botes de basura, acaba de designar como titular del Ministerio de Igualdad a Juan Florián, un actor de pornografía homosexual y chapero callejero. El mandatario parece convencido de que su misión histórica consiste en poner en puestos de responsabilidad a los individuos más estrafalarios, quizá para demostrar que su proyecto político no es otra cosa que un envilecimiento permanente de la institucionalidad. La idea de que un sujeto como Florián encabece un ministerio es, por sí misma, una afrenta al sentido común.

Esa persona encarna, con exactitud repulsiva, lo que significa el wokismo. No se discute su derecho a ser homosexual ni a vivir de la prostitución. Tampoco se le puede negar la libertad de contar con orgullo sus dolencias venéreas ni de confesar que es portador del VIH. Cada quien es dueño de sus decisiones y responsable de atender sus enfermedades, pero de ahí a pretender que esos episodios de degradación personal sean elevados a la categoría de «derechos» hay una distancia insalvable. La política pública no se puede confundir con la exaltación de las perversiones privadas. Lo que en una persona puede ser tolerado como estilo de vida, en un ministro se convierte en una provocación contra la decencia.

El nombramiento, además, incumple con la propia ley de cuotas que se supone rige para esos cargos. Florián ha respondido que no es ni hombre ni mujer, y que, por tanto, no está sujeto a esa regla. No aporta prueba científica ni argumento jurídico: simplemente lo afirma y exige que se le crea. Como si bastara con declarar una fantasía para que el Estado la ratifique. Esa lógica delirante ha hecho carrera en el progresismo, donde la autopercepción se confunde con la realidad objetiva y donde la biología ha sido sustituida por el capricho personal.

La cuestión de fondo es la libertad. Nadia le impide a Florián sentirse lo que quiera. Si mañana decide proclamarse sofá, jirafa o cometa, está en su derecho de vivir en su delirio. Pero esa fantasía no lo despoja de su condición de ser humano y, en consecuencia, no cambia las categorías biológicas fundamentales que establecen la existen dos sexos: masculino y femenino. Solo un porcentaje minúsculo —menos del 0,018 % de la población mundial, según estudios médicos sobre intersexualidad— nace con ambigüedades genéticas o hermafroditismo. Lo demás no son condiciones naturales, sino simples preferencias, y las preferencias, por más estrafalarias que sean, no constituyen derechos ni se convierten en ciencia por el solo hecho de repetirse en los círculos académicos progresistas. 

El discurso woke, sin embargo, se sostiene sobre la manipulación del lenguaje y el insulto. Florián y sus semejantes acusan de «fascistas» a quienes los contradicen. El término se ha vuelto un comodín vacío, un estigma que se utiliza para anular cualquier discrepancia. Resulta necesario acudir a las definiciones que de fascismo hace -esa sí- la ciencia política para confirmar que la expresión es utilizada al desgaire por los «indignaditos». Enseña Hannah Arendt en su monumental obra Los orígenes del totalitarismo, que el fascismo es un «continuum» del totalitarismo que estimula el movimiento de masas antiparlamentario, sustentándose en la exaltación de la nación. 

Muchos de los neocomunistas que acompañan al régimen de Petro, son analfabetas funcionales, incapaces de razonar, pero diestros a la hora de repetir como alienados frases prefabricadas, con las que estimulan la violencia contra las personas que no comparten sus ideas y sus gustos. 

El wokismo primero encasilla, después insulta y, en muchos casos, actúa con violencia. No es un secreto que las corrientes neocomunistas suelen estimular la agresión física o incluso el asesinato contra quienes se atreven a confrontarlas. El de Charlie Kirk es el caso más reciente. 

En un país medianamente serio, Juan Florián estaría dedicado a sus prácticas marginales sin mayor notoriedad pública. Podría seguir vendiendo su cuerpo, grabando películas de asqueroso contenido, o narrando con sorna su historial de enfermedades venéreas. Allá él. Pero en Colombia, la degradación se convirtió en mérito y la obscenidad en pasaporte para dirigir ministerios. El resultado es un funcionario que busca elevar sus gustos y actividades privadas a políticas públicas. 

Un ministerio que no debería existir, pero que en apariencia se tiene que concentrar en la lucha contra la desigualdad, se transforma en tribuna de exhibicionismo sexual y laboratorio de ideología. Esa es la tragedia de un país que ha confundido el derecho con la caricatura, y la igualdad con la apología de la depravación. 

@IrreverentesCol

Publicado: septiembre 15 de 2025