Iván Duque pasará a la historia como el presidente que, por falta de tacto y sentido de la oportunidad, terminó pavimentándole el camino a la extrema izquierda. Su error monumental al presentar la reforma tributaria en plena pandemia fue algo más que una torpeza técnica: fue la alfombra roja sobre la cual se montó el llamado «estallido social». No es exagerado decir que, desde ese instante, el triunfo del petrismo en 2022 se hizo inevitable. Duque no solo les entregó a sus adversarios el discurso de la indignación, sino que legitimó a los incendiarios de siempre, dándoles el oxígeno político que necesitaban para convertir el caos en capital electoral.
En lugar de asumir su responsabilidad histórica, Duque se refugia en una especie de papel secundario de motivador político. Resguardado en una fundación que pocos entienden, juega a ser gurú de autoayuda con libros de frases huecas y consejos de ocasión, mientras se pavonea en escenarios internacionales donde no aporta nada. Como si no bastara, acaba de protagonizar un episodio tan inoportuno como dañino: viajó a Israel a abrazarse con Benjamín Netanyahu, en un gesto tan ruidoso como innecesario.
Conviene ser claros: Israel tiene todo el derecho —y el deber— de enfrentar al terrorismo con absoluta firmeza. Ningún Estado democrático puede arrodillarse ante organizaciones criminales que buscan su destrucción. Pero una cosa es respaldar la lucha legítima contra el terror y otra muy distinta es dar un cheque en blanco a los excesos militares. Respaldar a Israel no debería significar cerrar los ojos ante los abusos ni silenciarse frente al asesinato de civiles —en particular de niños palestinos en la Franja de Gaza—. Esa distinción la hacen los estadistas serios con inteligencia y mesura; justo lo que le falta a Duque.
Las voces más elevadas del Vaticano no se han quedado mudas. En su audiencia semanal, el papa León XIV clamó: «Imploro que se alcance un alto el fuego permanente», que se facilite «el ingreso seguro de ayuda humanitaria» y que «se respete plenamente el derecho internacional humanitario», destacando la necesidad de proteger a los civiles y prohibir el «castigo colectivo, el uso indiscriminado de la fuerza y el desplazamiento forzado de la población». Esa posición clara y humanitaria contrasta dolorosamente con la tibieza de Duque, quien, al abrazarse con líder israelí, parece desligarse de toda condena a la muerte de niños en Gaza.
Aunque es repudiado por el uribismo y despreciado en el Centro Democrático, resulta insoslayable que él fue elegido por ese partido. Esa es la tragedia. Cada torpeza suya termina por salpicar a la colectividad que lo llevó al poder, minando la credibilidad de una corriente política que hoy más que nunca necesita cohesión y autoridad moral. Una de dos: o Duque, que hoy actúa como asesor en la sombra de una campaña presidencial que ni siquiera responde a las banderas del Centro Democrático, renuncia al partido de manera clara; o el propio partido, en un acto de audacia política, lo repudia públicamente.
No se trata de un capricho ni de una vendetta, sino de un imperativo de supervivencia. La historia política está llena de ejemplos de líderes incómodos de los que sus propios partidos han debido tomar distancia para no morir con ellos. En México, el PRI terminó por marginar a Carlos Salinas de Gortari, convertido en sinónimo de corrupción y desprestigio, porque su nombre era una losa que impedía cualquier renovación. En el Reino Unido, los conservadores no dudaron en cortar de raíz el liderazgo de Theresa May cuando se convirtió en un obstáculo para la continuidad del partido.
Lo que no puede suceder es que el Centro Democrático siga pagando los pasivos políticos de Iván Duque. Porque activos no tiene ninguno: no convoca, no entusiasma, no persuade, no genera confianza. Su sombra es un lastre, nunca un respaldo. Cada vez que aparece en escena, reabre heridas, divide a la militancia y obsequia argumentos a los enemigos de Uribe. Su presencia es un recordatorio de errores que el uribismo necesita superar, no perpetuar.
Para el uribismo y para el Centro Democrático, Duque representa un estorbo. Su paso por la presidencia dejó heridas abiertas y su presencia actual solo genera confusión. No aporta, no suma, y lo peor: con cada declaración inoportuna le resta votos al partido que lo llevó al poder. La coherencia exigiría que, por lo menos durante los meses de campaña electoral, dejara de lado su monumental vanidad y obrara con prudencia, que dejara de jugar a la diplomacia de salón y que, por lo menos, no dañara más de lo que ya hizo. Si no lo hace, quedará reducido a lo que ya muchos piensan de él: un idiota útil, pero no del uribismo, sino de sus enemigos.
Publicado: agosto 28 de 2025
