Un presidente abyecto

Un presidente abyecto

De acuerdo con la Real Academia Española, el adjetivo «abyecto» se utiliza para describir a alguien «despreciable y vil en extremo». La máxima autoridad de la lengua establece los siguientes sinónimos para esa expresión: ruin, vil, infame, bajo, despreciable, miserable, rastrero, odioso y repugnante. 

Todos describen la personalidad y el talante de Petro. 

Su relación con la verdad es inexistente. Miente como un bellaco, es tramposo, maniobrero, desleal e irresponsable. 

C. S Lewis fue un pensador británico de prosa luminosa y alma profunda. Autor de grandes obras, muchas de ellas esenciales para los estudiosos de la ciencia de Dios. Uno de sus libros más famosos, «Mero cristianismo» resulta imprescindible para los interesados en la teología. 

En dicho libro, cuya lectura debería ser obligatoria en todos los programas académicos, Lewis plantea que la credibilidad depende de la autoridad.  

«Creer cosas por su autoridad solo significa que las creemos porque nos las ha dicho alguien a quien tenemos por digno de confianza. El noventa y nueve porciento de las cosas que creemos las creemos por autoridad. Yo creo que hay una ciudad llamada Nueva York. No la he visto con mis propios ojos. No podría probar por un razonamiento abstracto que tal ciudad debe existir. Pero creo que existe porque personas en las que se puede confiar me han dicho que existe. El hombre común cree en el sistema solar, en los átomos, en la evolución y en la circulación de la sangre porque la autoridad de los científicos le dice que estas cosas existen. Todas las afirmaciones históricas del mundo son creídas por su autoridad…».

Que 11.2 millones de personas –por desorientación o resentimiento– hayan votado por Petro, no es un hecho que le confiera por sí mismo verdadera autoridad. Ni siquiera que ese individuo ocupe la Presidencia, cargo del que es evidentemente indigno, es suficiente para que se le otorgue un revestimiento de legitimidad moral.

La banda tricolor que le ciñeron el 7 de agosto de 2022 cubre parte de su pecho, pero no alcanza a disimular la miseria moral del portador. Esa insignia de poder, símbolo de la República, no purifica su historial ni redime sus excesos: debajo del oropel sigue habitando el mismo personaje turbio, marcado por el vicio, el resentimiento y la descomposición ética. 

¿Qué credibilidad puede otorgársele a un majadero que dice tener un título de doctor, cuando escasamente ha hecho cursos de baja categoría académica? 

En la línea de C.S. Lewis, no es digno de confianza un gobernante que denuncia la existencia de un golpe de Estado en su contra, conjura en la que según él participan congresistas y altos funcionarios del gobierno de los Estados Unidos. Tuvo que ofrecer disculpas por tal aseveración cuando desde Washington le enviaron una señal contundente. 

Sólo un borracho de cantina de mala muerte puede proponer la construcción de un tren elevado que una a Buenaventura con la ciudad de Barranquilla. Más estúpidos los que creen que dicho proyecto pueda ser materializado. 

Los hábitos de consumo del presidente parecen disparar su imaginación, especialmente cuando se trata de emprendimientos ferroviarios. Después de soñar con el proyecto local, «mejoró» la propuesta con una línea interoceánica que conectaría China y Europa. Cuando la alucinación se apropia del cerebro de alguien, la geografía y la física pasan a ser detalles de menor cuantía.  

Resulta entre cómico y trágico que semejantes delirios surjan del presidente de un país donde el 80% de las calles necesitan repavimentación, y cuya última esperanza de inversión en infraestructura depende de lo que se pueda rescatar del tesoro hundido del Galeón San José. Tantos años, y los nativos siguen buscando El Dorado

No se le puede creer a un hombre cuya palabra ha perdido toda conexión con la realidad verificable. Gustavo Petro ha mentido en campaña, en la Presidencia, en el Congreso y frente a la comunidad internacional. Ha inflado títulos académicos que no posee, anunciado ceses al fuego que nadie firmó, proclamado complots imaginarios y profetizado obras que sólo podrían concretarse en las novelas de Julio Verne. La mentira, en él, no es una excepción: es su forma de operar, su herramienta política por excelencia. Y cuando la mentira se institucionaliza desde el poder, la confianza social se erosiona, el lenguaje se vacía de sentido, y la autoridad se convierte en una farsa grotesca. Si la autoridad legítima —como enseñó Lewis— se funda en la credibilidad, Petro es, por definición, un impostor.

Tampoco se le puede respetar a quien se comporta como un bufón megalómano al frente del Estado. Petro no ejerce el poder: lo deforma. Sus discursos son combinaciones de populismo de barrio, exaltación revolucionaria trasnochada y desvaríos ferroviarios. No hay grandeza, no hay decoro, no hay templanza. ¿Qué respeto puede merecer alguien que gobierna a punta de publicaciones en redes sociales, insulta a la prensa, acusa sin pruebas a otros Estados y delira con proyectos faraónicos mientras sus ciudadanos caminan entre huecos y hospitales colapsados? En cualquier otro contexto, sería un paciente psiquiátrico. En Colombia, lamentablemente, es presidente. Y eso no lo hace menos peligroso: lo hace mucho más.

@IrreverentesCol

Publicado: julio 15 de 2025