«La parte más importante de mi vida pública ha transcurrido a su lado». Así comienza la carta de renuncia de Laura Sarabia, una trepadora corrupta que en tiempo récord pasó de ser asistente de bolsillo y aficionada al robo de billeteras, a ministra de Relaciones Exteriores. Lo que ella llama «vida pública» es, en realidad, una acelerada carrera delincuencial, en la que tuvo como maestro al siniestro Armando Benedetti.
Sarabia sabe demasiado. Y Petro es consciente. Su silencio se ha convertido en un activo estratégico del régimen. Si llegara a hablar, la Casa de Nariño se convertiría en antesala de La Picota. En su carta de dimisión, saturada de cursilería, brilla por su ausencia la palabra «irrevocable». Con ello deja entreabiertas dos salidas: la no aceptación presidencial o la clásica jugada del nombramiento diplomático para alejarla del foco público sin soltarla del todo.
La renuncia no es un acto de decencia. No está motivada por escrúpulos éticos, sino por la furia que embarga a los corruptos cuando un negocio se les derrumba, como ocurrió con el multimillonario contrato de los pasaportes. En personas de su calaña, una mordida frustrada equivale a un naufragio profesional. Si su salida se concreta, no se estará despidiendo a una figura íntegra, sino a una de las encarnaciones más turbias de la corrupción política colombiana.
El interés personal de Sarabia en ese contrato era evidente. No es casual que el caso se haya llevado por delante a dos de los tres cancilleres de Petro. El primero, el delirante Álvaro Leyva, intentó maniobrar para que el contrato cayera en manos de una firma en la que su hijo Jorge tenía intereses.
Petro y Sarabia: una alianza criminal en ruinas
Durante meses, Laura Sarabia fue la escudera más leal de Petro, su sombra silenciosa, su protegida absoluta. Fue él quien la levantó desde la nada, quien le abrió las puertas del poder y quien la blindó frente a todo escrutinio. Desde su despacho en la Casa de Nariño manejaba la agenda del país con la arrogancia de quien sabe que no tiene límites ni supervisión.
Aprendió rápido las reglas del poder sucio. Bajo su mando, la Presidencia se convirtió en una especie policía política. Ordenó interceptaciones ilegales, manejó filtraciones, ocultó escándalos y vigiló a propios y extraños. Petro le confiaba secretos, ella ejecutaba con eficacia implacable. Su ascenso fue meteórico porque sabía ensuciarse las manos sin dejar rastros.
Pero como suele pasar entre hampones, la codicia terminó quebrando la lealtad. Sarabia quiso dominar la Cancillería como había hecho con la Secretaría Privada. Su alianza con Carlos Ramón González, cerebro oscuro del petrismo, selló su suerte. González filtró información suficiente para comprometerla y Petro, tan ingrato como oportunista, la dejó caer. La que ayer era la niña mimada del régimen, hoy es un cadáver político.
Sarabia no es solo una figura desdibujada: es una bomba de tiempo. En su memoria y en sus carpetas reposan verdades que pueden incendiar el régimen. No fue la justicia la que la derribó, fue Benedetti, un personaje tóxico que acumula más poder con cada chantaje.
Era cuestión de tiempo para que la derrotaran. La única duda es si Petro aceptará su renuncia o si la reciclará en alguna embajada. Pero si cae en desgracia, su nombre pronto aparecerá en las páginas judiciales, no en las políticas.
Publicado: julio 3 de 2025
