125 años del golpe contra Sanclemente

125 años del golpe contra Sanclemente

Uno de los capítulos más oscuros y menos estudiados de la historia de Colombia es el del golpe de Estado contra el presidente Manuel Antonio Sanclemente, elegido para el sexenio 1898-1904.

Colombia apenas empezaba a implementar la Constitución de 1886, que en su versión original establecía períodos presidenciales de seis años y la elección del primer mandatario a través del colegio electoral, figura tomada del modelo estadounidense.

Sanclemente era un político respetado, reconocido por su verticalidad ideológica y por su brillante trayectoria en la rama judicial. Le correspondió juzgar al expresidente José María Obando, acusado de traición y rebelión. Tras conocer las pruebas y oir los descargos, al evidenciar la endeblez de la acusación, decretó su inocencia. Eran otros tiempos.

Ganó las elecciones por una mayoría aplastante –más del 75% de los votos–. Aquella victoria consolidó la hegemonía conservadora inaugurada por Rafael Núñez en 1880.

Al benemérito doctor Sanclemente le sobraban condiciones, pero tenía un problema: la edad. Fue, según los anales, el presidente más viejo que ha tenido Colombia. Al momento de su elección contaba con 84 años.

Su postulación fue impulsada por Miguel Antonio Caro, quien también eligió al vicepresidente: José Manuel Marroquín.

Colombia, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, era un hervidero. Los liberales, revoltosos por naturaleza, preparaban la insurrección que desembocaría en la Guerra de los Mil Días.

Ninguna institución quería posesionar a Sanclemente, que apenas logró llegar a Bogotá con grandes dificultades. El Senado alegaba que el acto debía cumplirse ante la Corte Suprema; la Cámara de Representantes, por su parte, insistía en que debía surtirse ante el Congreso en pleno.

El venerable resolvió la disputa con pragmatismo: citó al presidente de la Corte a la casa de su yerno y, en presencia de unos cuantos testigos, juró por Dios cumplir fielmente los deberes del cargo.

El gélido clima de la capital y su altura le resultaban nocivas. Mandó a hacer un sello con su firma, el cual entregó a Marroquín, y se trasladó a Villeta, Cundinamarca, donde instaló su gobierno rodeado de naturaleza y con un clima más favorable.

Uno de los juicios más viles sobre Sanclemente ha sido retratarlo como un anciano incompetente y desorientado, casi moribundo, incapaz de gobernar. Otto Morales Benítez, en su magnífico libro sobre aquel periodo, reivindica su figura: «Sanclemente estaba atento a los más mínimos detalles. Se le consultaban inclusive minucias de la vida administrativa. Se mantenía al corriente de los problemas más esenciales e indicaba el manejo que debía dárseles».

El 31 de julio de 1900, con el país ardiendo en guerra, Sanclemente reposaba en su hamaca después del desayuno, cuando un piquete de soldados interrumpió su descanso. Fue bajado a culatazos y encerrado en un cuarto sin ventanas. El presidente no entendía lo que sucedía. Un sargento desaliñado le notificó, por órdenes de Marroquín, que desde ese momento dejaba de ser presidente para convertirse en prisionero.

Así se consumó uno de los episodios más infames de la historia. Los paniaguados de Marroquín justificaron la felonía alegando que «no tenemos presidente, sino un cadáver».

Aquel golpe no fue un acto de salvación nacional, sino una puñalada institucional movida por la ambición. Marroquín usurpó el poder en nombre de la estabilidad, pero lo ejerció con la torpeza de un monje metido a dictador.

El 19 de marzo de 1902, solo, enfermo, abandonado y vilipendiado, murió el presidente Sanclemente en Villeta. Su final fue el de un hombre derrotado, no tanto por sus enemigos, como por los de su propio bando. Así terminó la vida de un presidente conservador que creyó en la legalidad y fue traicionado por los suyos.

Sobre el gobierno de Marroquín, sus desatinos, la corrupción nauseabunda de su hijo Lorenzo y, sobre todo, la pérdida de Panamá, habrá tiempo para hablar.

@IrreverentesCol
Publicado: 31 de julio de 2025