Un presidente perdido… en el polvo

Un presidente perdido… en el polvo

Otra vez, Gustavo Petro se esfumó. Otra vez, Colombia quedó en ridículo. Otra vez, el país tuvo que explicar ante la comunidad internacional por qué su presidente no apareció donde tenía que estar. Esta vez fue en Montería, durante la Cumbre de la Asociación de Estados del Caribe, un evento de primer orden en el que Petro, como anfitrión, estaba llamado a jugar un papel central. Pero no. El mandatario desapareció, y lo que vino fue el ya habitual espectáculo de improvisación, silencio cómplice y una Cancillería convertida en oficina de excusas.

Laura Sarabia —la oscura y peligrosa operadora que carga con el lastre de las chuzadas, los abusos de poder y hasta la sospechosa muerte de un coronel de la policía— salió a decir que el presidente tuvo un «inconveniente de fuerza mayor». ¿Cuál? Nadie lo sabe. La excusa raya en el ridículo: Petro alega que se estaba «autoprotegiendo» de un atentado con misiles, acción que únicamente existe en su atormentada imaginación. 

Todos saben que esta desaparición fue causada por sus depravaciones y adicciones. 

Lo que pasó en Montería no es nuevo. Es parte de una secuencia cada vez más preocupante. En París, en junio de 2023, Petro se esfumó dos días completos durante una cumbre global. Nadie lo encontró. Nadie lo ubicó. Nadie supo qué hacer. El entonces narcocanciller Álvaro Leyva —no precisamente un furibundo uribista ni un militante de derecha— fue tajante: «Pude confirmar que usted tenía el problema de la drogadicción». Esa frase, que en cualquier país habría bastado para activar un juicio político inmediato, en Colombia fue ignorada por los mismos que siguen arrodillados ante el portaestandarte del cambio.

Leyva fue aún más directo en abril de este año, cuando escribió: «Señor Presidente, usted está enfermo». Esta afirmación no está soportada en comentarios o chismes, sino en lo que él vivió y vio.  Leyva estuvo ahí. Pero Petro, fiel a su estilo, en vez de responder con seriedad, contestó chabacanamente. Que estaba viendo a sus nietas. Que la derecha estaba desesperada. Que lo atacaban porque es “revolucionario”. Tonterías. Pantomimas. Excusas de un hombre que no gobierna, no asiste, no responde y, cada vez más, no da señales de estar en condiciones mentales para sostener el cargo.

El problema ya no es Petro. Es el sistema que lo sostiene. Es la mermelada que compró conciencias. Es el silencio cobarde de ministros y congresistas. Es la prensa adormecida por la jugosa pauta oficial. Es el descaro con el que su séquito le cubre cada ausencia, cada incoherencia, cada desliz, cada reunión fallida, cada escándalo con olor a alcohol y a clorhidrato de cocaína. ¿En qué país democrático es normal que el jefe de Estado desaparezca por horas, días, incluso semanas, sin dar razón alguna?

¿Por qué no se le hace un examen toxicológico? ¿Por qué no se le obliga a una evaluación médica completa y pública? Porque sus adláteres tienen desde ya la certeza de que la verdad confirme lo que ya es evidente: Petro no está en capacidad de gobernar. Ni física, ni psíquica, ni moralmente. Está superado. Está desbordado. Está extraviado. Su situación es idéntica a la de los indigentes que se pasean por las zonas de tolerancia arrastrando un costal mientras huelen el famoso pegante Bóxer

Entretanto, el país se cae a pedazos. La economía va en picada. El desempleo crece. La inseguridad se desborda. El ELN se burla del Estado. Los corruptos regresan triunfantes. Y el presidente, en vez de estar frente al timón, está quién sabe dónde, haciendo cualquier cosa –inmoral por supuesto–, pero no gobernando.

Y los que lo rodean lo saben. Lo saben Sarabia, lo sabe de sobra Benedetti –aún más depravado, corrupto y degenerado que el propio Petro–, lo sabe el ministro de Defensa y la cúpula de la Fuerza Pública, lo saben los embajadores acreditados en Colombia. También lo deben saber los organismos de inteligencia de las potencias. Con todo el deshonor, los colombianos tienen que vivir con una realidad: su presidente es visto en el mundo como una piltrafa.

Por eso, la apertura de la investigación formal por parte de la Comisión de Acusación no solo es pertinente: es obligatoria. Si no se actúa ahora, el Congreso pasará a la historia como cómplice de una presidencia tóxica, literalmente tóxica. Algunos congresistas han pedido la práctica de un examen clínico completo. 

Un país no puede ser gobernado por un hombre enredado en su adicción. No puede esperar cordura de quien apenas logra hilar frases. No puede confiar su destino a quien confunde el gobierno con una sesión de alucinaciones políticas y estallidos ideológicos. Colombia no puede —ni debe— tolerar más esta humillación.

El espectáculo de Montería fue la gota que rebosa un vaso lleno de indignidades. Colombia merece un presidente presente, lúcido, capaz. No un ausente crónico. No un consumidor compulsivo. No un mitómano funcional. No un individuo con un expediente clínico que, de confirmarse, lo haría inelegible hasta para dirigir una tienda de barrio.

Si Petro no puede gobernar, que se haga a un lado. Si está enfermo, que lo diga. Si consume, que lo enfrente. Y si todo lo anterior es verdad, que la institucionalidad actúe. Ya basta de guardar apariencias, de cuidar su ego y de proteger los multimillonarios negocios corruptos en los que participan los principales defensores del régimen. El país no puede continuar siendo rehén de las frecuentes crisis personales de Petro. 

@IrreverentesCol

Publicado: junio 2 de 2025