La tiniebla moral de la izquierda

La tiniebla moral de la izquierda

La putrefacción moral de la izquierda es un fenómeno transversal, repetido con asombrosa similitud en todos los rincones del mundo. Su degeneración no es un accidente, sino una constante que se manifiesta tanto en los modos como en los fines del ejercicio del poder.

El filósofo conservador Roger Scruton escribió un libro admirable sobre la estética y su papel en la vida, especialmente en la política. Argumentaba que la belleza no es un lujo decorativo ni un detalle superficial, sino una necesidad humana profunda, con implicaciones morales y cívicas. Lo bello eleva el espíritu, fomenta el amor por el lugar que habitamos y nos dispone naturalmente al respeto por el otro y por las normas que permiten la convivencia. Donde se impone la vulgaridad —decía Scruton—, se quiebra la armonía social y se abre paso el cinismo, el resentimiento y la anarquía moral.

En una célebre conferencia de 2009, afirmó: «La pérdida de la belleza ha traído consigo la pérdida de significado, y con ello, la pérdida del sentido de hogar. Sin belleza, la política se convierte en la administración de extraños». En esa frase se condensa una verdad inquietante: la estética, en su sentido más profundo, guarda relación con la pertenencia, la cultura y la dignidad pública. Su ausencia no solo empobrece el entorno; corrompe el alma de la sociedad.

La izquierda contemporánea, sin excepción, ha hecho de la antiestética su lenguaje oficial. Ha sustituido el debate elevado por la dictadura del insulto. Donde antes había controversia argumentativa, hoy hay agresión verbal, linchamiento moral y en no pocos casos, violencia física. Las estructuras de matones digitales —las tristemente célebres “bodegas”— se encargan de ejecutar campañas sistemáticas de acoso, difamación y desprestigio con el objetivo de amedrentar y silenciar a quienes se atreven a cuestionar a los caudillos de turno. No actúan como ciudadanos críticos, sino como fanáticos al servicio de una causa.

Para los gobiernos de izquierda, las formas han dejado de importar. El decoro, el lenguaje, la apariencia, la cortesía institucional, han sido reemplazados por el desaliño, la chabacanería y la grosería impune. Se confunde la rusticidad con autenticidad, la desfachatez con franqueza, el desorden con libertad. En lugar de representar a la nación con dignidad, muchos dirigentes se regodean en lo vulgar, como si despreciar las formas fuera una virtud revolucionaria.

Gustavo Petro encarna a la perfección esta lógica de la fealdad moral y simbólica. En vez de honrar la investidura presidencial elevando el tono del debate, lo rebaja al fango de la provocación, el matoneo y el populismo más zafio. Quien convierte la violencia simbólica en estrategia de gobierno, no necesita cuidar las formas: le basta con el odio, el grito, el resentimiento.

Nada le incomoda. Puede pasearse de la mano con un transexual durante un acto oficial en el extranjero —evento en el que representa a Colombia— con una actitud provocadora más que institucional. Desaparece durante días, al parecer para entregarse a sus impulsos personales y adicciones, sin ofrecer explicaciones a nadie. Designó en el Ministerio del Interior a un personaje investigado por delitos contra el patrimonio público y con antecedentes por consumo de drogas. Ha nombrado en cargos de alto nivel a individuos procesados por corrupción. Y no dudó en firmar el decreto que convirtió en jefe de gabinete a un fanático inestable como el falso pastor Saade, un hombre que ha manifestado públicamente su deseo de cerrar el Congreso, precisamente el órgano con el que ahora debe coordinar la agenda legislativa del gobierno.

En el universo político de Petro, los criterios para la nominación de altos funcionarios no son el mérito, la formación ni la templanza, sino la rudeza, el fanatismo y la obediencia ciega. La fidelidad servil importa más que la competencia. El grito vale más que el argumento. El caos es más útil que el orden.

Este patrón no es exclusivo de Colombia. España ofrece un espejo revelador. El gobierno socialista de Pedro Sánchez se ha convertido en un emblema de la perfidia institucional. Su esposa, su hermano, figuras clave del PSOE, ministros y la presidenta del Congreso están involucrados en escándalos que los sumergen en el fango de la corrupción más descarada.

Sánchez llegó al poder sostenido por tres hombres: José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo García. Los tres han sido alcanzados por la justicia. Koldo García, un exportero de prostíbulo, acumulaba grabaciones en las que se confirmaba el saqueo de cientos de millones de euros en contratos públicos. Recientemente, la policía judicial española allanó la vivienda de Ábalos, quien intentó ocultar pruebas pidiendo a la actriz pornográfica que lo acompañaba en ese momento que escondiera en sus genitales una USB con archivos comprometedores. Cerdán, hasta hace poco el hombre fuerte de PSOE, resultó ser un campeón en la cobranza de coimas. 

Porteros de burdeles, actrices pornográficas, hetairas modernas: ese es el entorno inmediato del poder en España. Un entorno al que también pertenece la esposa de Sánchez, heredera de un oscuro personaje que amasó fortuna con saunas dedicados a la prostitución masculina. Como puede verse, Sánchez también se mueve en círculos impregnados de podredumbre moral y descomposición social. Muy parecidos a los de Petro.

Cuando el poder desprecia la estética, lo que desprecia en el fondo es la civilización. Y allí donde desaparecen las formas, lo que emerge no es la libertad, sino la barbarie.

@IrreverentesCol
Publicado: junio 20 de 2025