En las universidades de élite, cuna de la cultura woke o del “partido de los académicos”, muchos se dejaron arrastrar por la estupidez, esa que Carlo Cipolla disecciona en su sabroso ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana.
Esa élite irresponsable recomendó votar por Petro como mesías del progreso y bastión contra el “fascismo”. Pero hoy, esos “antifascistas” de salón de se retuercen de arrepentimiento.
¿Qué llevó a la “izquierda caviar” al desatino de apoyar a un truhan como Petro y a alentar a jóvenes estudiantes y profesores distraídos a hacer lo mismo?
Carolina Sanín, con un ego desbordante, posó de autocrítica y dijo: “Que alguien con una mente como la mía haya apoyado a un desquiciado tarado como Petro es aún un misterio para mí”.
No hay ningún misterio. ¡El odio visceral contra Uribe fue lo que los movió!
Muertos de rabia porque Uribe enfrentó a los terroristas en lugar de buscar la “solución negociada al conflicto social y político armado” —como llaman los terroristas al terrorismo—, lo tildaron de “guerrerista” y violador de los derechos humanos.
Eso fue lo que llevó a los “progres” a alinearse con el “tarado y desquiciado”, como llaman ahora a Petro. ¡Bueno!, no hay que olvidar motivos más prosaicos, como querer estar en las esferas del poder y la gloria: “Gracias, Carolina, por tu apoyo al verdadero cambio de Colombia”, le dijo Petro, y ella estuvo “muerta de la dicha”.
Alejandro Gaviria tuvo un interés más elevado: quería un ministerio. Sus palabras fueron salerosas y la recompensa le fue otorgada. Escribió: “Hay que tomar posición, no es tiempo para la neutralidad. El sentimiento predominante en Colombia es el cambio. (…) No veo a Petro como una amenaza institucional o democrática. Creo incluso que su figura y su capacidad de dar voz a los jóvenes fortalecen y legitiman nuestra democracia. Mi voto será por Gustavo Petro”.
Los propagandistas del Foro lograron su cometido al cien por cien. Durante décadas concentraron su ataque en Uribe y convirtieron a Duque en un “meme”. Tanto daño le hicieron a su reputación, que los candidatos que podían enfrentar a Petro, dos políticos bisoños, le pidieron a Uribe que no les manifestara su apoyo público.
Descalificada la persona del presidente Uribe —ganador de las elecciones de 2002, 2006, 2010, 2014 en primera vuelta (aunque luego perdió) y 2018—, el camino de Petro quedó despejado.
El discurso de Petro, colinchado con el buenismo woke de las Carolinas y los Alejandros, transformó la lucha contra el terrorismo en “fascismo”, a los héroes en criminales y a los partidos terroristas como las FARC y el ELN en “movimientos de liberación”.
Petro convenció a sus nuevos socios de que el terrorismo firmaría en tres meses la “paz total” si él ganaba. Negociar con los violentos era el catecismo “progre” que todos, menos Uribe, predicaban. Carlo Cipolla diría de ellos:
Ley 1: subestimaron su propia idiotez.
Ley 2: subestimaron el daño que causarían.
Ley 3: perjudicaron a otros sin obtener ellos ganancia alguna.
Sanín, con su retórica inflamada, y Alejandro, con su aura de tecnócrata “racional”, hicieron coro a los terroristas para condenar a Uribe, cayendo en la complacencia con la violencia por el afán de lucir virtuosos. Los “antifascistas” antiuribistas de ayer dicen hoy estar desencantados y no entender qué les pasó. Posando de “progres”, terminaron siendo, en palabras de Cipolla, los estúpidos más peligrosos: aquellos que, sin malicia pero con arrogancia, sembraron el caos.
Ser un intelectual brillante no garantiza inteligencia política ni emocional. Orígenes, Padre de la Iglesia, en su afán de pureza espiritual, “interpretando” el Evangelio de Mateo, se auto castró para evitar la tentación y el pecado. Tenía erudición, pero no discernimiento. Sanín y Gaviria, con su prestigio académico y su aura de intelectuales progresistas, propusieron a Colombia la autodestrucción; “emasculando” a Colombia, cortaron de tajo la estabilidad que el país había logrado tras años de lucha uribista contra el terrorismo y el estatismo petrosantista.
Cuando Konrad Adenauer se retiró como canciller, el Bundestag organizó un homenaje en su honor. Un parlamentario que había sido su crítico, en un tono conciliador, le dijo: “Canciller, debo reconocer que usted tenía razón al apoyar el acuerdo de comercio de Europa. Su visión ha demostrado ser acertada”. Adenauer le respondió con firmeza: “La diferencia, querido colega, es que yo tuve razón a tiempo”.
¿Cuándo entenderá los “progres” que Uribe tuvo razón a tiempo y ellos no?